En alguna ocasión, un comentarista decía que “el derrumbamiento de las Torres Gemelas fue el fin de las vacaciones que [los estadounidense] tomamos de la historia”. Todos pensamos que eso había ocurrido aquél fatídico martes del 2001. Si durante décadas habían fantaseado a través de Hollywood con ser el centro de una catástrofe global – nótese que la visión estadounidencentrista aún en la ficción – ahora ésta era padecida en el mundo real. Lo impensable se había hecho posible. Pareciera que, como se había dicho, Estados Unidos hubiese terminado sus largas vacaciones desde la Guerra Fría y volviera a encontrase inmerso y susceptible a la historia, obligado a reflexionar sobre el papel que ejerce dentro de ella.
Sin embargo, a poco más de diez años del fatídico episodio, el resultado ha sido totalmente distinto. En el año 2001, estando en el punto idóneo para cuestionarse sobre la forma en que ha estado actuado sobre el mundo, la sociedad estadounidense optó por abstraerse de la reflexión. El país que fue sorprendido por los efectos de su propio sistema geopolítico, decidió canalizar el dolor e indignación a través de un patriotismo libre de culpa o responsabilidad. Las víctimas eran ellos, eso era lo que importaba. Ser los personajes principales trajo por añadidura la necesidad de convertirse en héroes, tal y como sucede en películas como Independence Day.
Un claro reflejo de esta abstracción de la realidad es World Trade Center de Oliver Stone. En esta película el punto crucial es el ciudadano ordinario como víctima de la arbitrariedad de la historia. No invita a la reflexión introspectiva sobre el por qué ocurrió la catástrofe. La narración de esta historia nunca se desarrolla más allá de las calles de Nueva York o Washington. No tiene en cuenta el contexto y las motivaciones de los agresores. No se considera a “los otros” dentro del eje argumentativo y mucho menos se hace una valoración del contexto geopolítico en el cual los personajes se encuentran inmersos.
Mi impresión sobre Extremely Loud and Incredibly Close (“Tan fuerte y tan cerca”) fue que Hollywood aún no ha cambiado ese guión de patriotismo sin culpa. No voy a hacer una crítica cinematográfica sobre la película, oficio para el cual no estoy capacitado, ni es mi interés hacerlo. Lo que sí quisiera es hacer notar ciertos elementos manifestados en esta película que parecieran confirmar la postura adoptada por Hollywood en World Trade Center: 1) Los personajes son víctimas del caprichoso destino y aparentemente no existe la necesidad de entender las causas de su infortunio; 2) El carácter egoísta y terco del pequeño Oskar pareciera siempre estar justificado, pues es una persona común convertido en víctima; y 3) la historia aporta conclusiones sobre un evento de alcance global sin que el mundo de la narración se extienda más allá de los personajes principales. Es, sin duda alguna, un síntoma de la visión que la sociedad estadounidense ha tenido de sí misma a partir de los terribles acontecimientos del 11 de septiembre.
¿Qué hubiera pasado si World Trade Center hubiese tratado sobre bomberos iraquíes sepultados después de un ataque aéreo durante la invasión estadounidense o si Extremely Loud and Incredibly Close hubiese tratado sobre un niño afgano que pierde a su padre durante una operación de la OTAN? Probablemente - como diría Slavoj Zizek - hubiesen sido acusadas de propaganda pro-terroristas o pro-islámicas al dar una versión hemipléjica de los hechos. Ese es el mismo problema que presenta Hollywood actualmente a diez años de la caída de las Torres: encontrándose en la posibilidad de ser un medio para que Estados Unidos se entienda relacionado con el mundo, únicamente ha profundizado en la auto-mitificación cinematográfica.