“Cuando un escritor sabe bien que unos pocos ejemplares serán vendidos, gana una gran independencia para su trabajo creador. El escritor que tiene la seguridad, o al menos la posibilidad de vender toda su edición, y quizás futuras ediciones, no pocas veces es influenciado por las futuras ventas. Casi sin saberlo, sin pensarlo, habrán circunstancias cuando conociendo lo que el público piensa, lo que gusta y compraría hará algunos pequeños sacrificios, escribirá está frase un poco diferente, dejará fuera aquello. Y no hay nada más destructivo para el arte, tiemblo con sólo pensarlo, cuando una frase debe ser cambiada, cuando hay que omitir algo”
Así es como en mil novecientos siete Constantino Petrou Kavafis escribió el espíritu que décadas después sería identificado como la huella dactilar de su poesía. Nunca reconocido en vida (mas que por un selecto grupo de lectores a los que él mismo elegía para compartir algunos textos), su poesía podría clasificarse en tres atmósferas principales en las que logró desenvolverse: la tradición o mitología helénica, la sexualidad (nunca temió manifestar abiertamente su homosexualidad) y la misma Alejandría que lo vio nacer. Sin intención tal vez, Kavafis se convierte a lo largo de su obra en un testigo ocular y cronista de las historias que desembocan en los barrios, cafés y hoteles del histórico puerto egipcio.
EN LA CALLE
Su simpático rostro un poco pálido
y los ojos castaños aún absortos.
Veinticinco años, aunque aparenta más bien veinte.
Algo le da en su atuendo vago aire de artista:
la corbata tal vez o la forma del cuello.
Marcha sin fin preciso por la calle
como aún poseído del placer ilegal,
del prohibido amor que acaba de ser suyo.
Sin haber publicado un libro en vida y pasando casi inadvertido por la sociedad de su época, Kavafis logró ser un poeta completo: apasionado de las batallas de Magnesia o la estatua de Endimión, dedicó innumerables versos a los héroes helénicos; pero nunca dejó de ser un peatón en su tierra, como diría un gran poeta mexicano. En prosa o en versos, transformó en espirituales los elementos que se esconden en la vida cotidiana de una ciudad, sin pretender deslumbrar al lector con laberíntica semiótica. Escribió por la simple catarsis de construir un templo para adorar a la vejez o al tiempo o a la lujuria o anciano o a las velas o a los templos mismos. Y a Alejandría, escenario de los más célebres espacios en su poesía. En una nota de mil novecientos siete, el artista comentaba:
“Ya me he acostumbrado a Alejandría, y es verdad que aunque fuese rico, aquí me quedaría. A pesar de esto, cómo me disgusta esta ciudad. Qué problemática, qué carga son las ciudades pequeñas -cuánta falta de libertad. Aquí me quedaré, otra vez no estoy tan seguro de lo que quiero-, porque es como mi país natal, porque está ligada a mis recuerdos.”
No hace mucho que me perdí en la obra de Kavafis y aún no deja de sorprenderme la voz que en ella se encuentra – y vale la pena decir que difícilmente consigue uno oír realmente la voz del autor a través de sus poemas. Es entonces cuando pasa de ser un escritor y se convierte (verdaderamente) en un poeta.
Poco sirve lo que pueda prolongar este espacio, así que adjunto algunos de sus poemas que espero sirvan como primer encuentro para aquellos que, al igual que yo hace casi un año, no habían tenido la oportunidad de oírlo escribir.
FUI
No me ligué.
Por entero me liberé y me fui.
Hacia goces que estaban
parte en la realidad, parte en mi ser,
en la noche iluminada fui.
Yo bebí un vino fuerte,
como sólo el audaz bebe el placer.
UNA NOCHE
La habitación pobre y vulgar,
escondida en los altos de la taberna equívoca.
Desde la ventana la calleja,
estrecha y sucia. Y las voces abajo
de unos cuantos obreros
distrayendo su tiempo con las cartas.
Y allí, sobre aquel lecho ordinario y humilde,
el cuerpo tuve del amor, los labios
voluptuosos de la embriaguez, purpúreos
de tal embriaguez que cuando ahora,
después de tantos años, esto escribo
en mi casa vacía me embriago de nuevo.
ESPERANDO A LOS BÁRBAROS
¿Qué esperamos agrupados en la plaza?
Hoy llegan los bárbaros.
¿Por qué inactivo está el Senado
e inmóviles los senadores no legislan?
Porque hoy llegan los bárbaros.
¿Qué leyes votarán los senadores?
Cuando los bárbaros lleguen darán la ley.
¿Por qué nuestro emperador dejó su lecho al alba,
y en la puerta mayor espera ahora sentado
en su alto trono, coronado y solemne?
Porque hoy llegan los bárbaros.
Nuestro emperador aguarda para recibir
a su jefe. Al que hará entrega
de un largo pergamino. En él
escritas hay muchas dignidades y títulos.
¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores visten
sus rojas togas, de finos brocados;
y lucen brazaletes de amatistas,
y refulgentes anillos de esmeraldas espléndidas?
¿Por qué ostentan bastones maravillosamente cincelados
en oro y plata, signos de su poder?
Porque hoy llegan los bárbaros;
y todas esas cosas deslumbran a los bárbaros.
¿Por qué no acuden como siempre nuestros ilustres oradores
a brindarnos el chorro feliz de su elocuencia?
Porque hoy llegan los bárbaros
que odian la retórica y los largos discursos.
¿Por qué de pronto esa inquietud
y movimiento? (Cuánta gravedad en los rostros.)
¿Por qué vacía la multitud calles y plazas,
y sombría regresa a sus moradas?
Porque la noche cae y no llegan los bárbaros.
Y gente venida desde la frontera
afirma que ya no hay bárbaros.
¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?
Quizá ellos fueran una solución después de todo.
(A éste último - probablemente el más célebre junto con Ítaca - José María Álvarez hace la siguiente anotación:
“De las muchas investigaciones que fatigaron este texto no debe dejar de considerarse la de Rangavís, quien lo defiende como reflejo de una muy precisa situación: el anhelo egipcio por una invasión sudanesa ante la ocupación británica, sobre 1990. No cabe descartar a Plutarco.”)