Surrealista, imposible, absurdo. Es el hombre elegido por Andrés Manuel López Obrador para una de los capítulos más ridículos y de mayor rating en la política mexicana contemporánea. La democracia parecía haberse convertido en un circo, una falta de respeto para una sociedad qua ha crecido con la idea de que los procesos electorales son la garantía máxima de que la soberanía que aún (dicen) reside en el pueblo. Valdrá la pena citar a Ricardo León cuando hoy me comentaba: No será políticamente correcto decirlo, pero es verdad cuando se dice que el pueblo tiene el gobierno que se merece. No podría ofrecer replica alguna.
La razón del comentario de Ricardo tuvo como contexto la mesa panel que se llevó acabo el día de hoy en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Yucatán, en la cual participaron cinco representantes de los principales partidos políticos. Entre los expositores, sobresalió cierto individuo (cuyo nombre no mencionaré, debido a que personalmente pude decirle frente a frente lo que opino de su participación en dicha mesa panel) que demostró una vez más que en cada rincón del país puede encontrarse un Juanito.
Después de un discurso pobre, sin fondo y demagógico que (mal)leyó ante todos nosotros, pudimos verlo caer en colapso nervioso al momento en que, durante la ronda de preguntas, uno de los presentes puso en duda la determinación que atribuía a su partido por “defender el desarrollo natural y sano del proceso electoral”, como había afirmado durante su intervención, teniendo en cuenta que fue su mismo partido el que apoyó la estrategia Juanito.
Desesperado por lograr articular alguna palabra coherente para responder, se limitó a explicar lo “necesario” que fue esa medida, sin antes recalcar la “confianza” que pusieron en Rafael Acosta desde el principio. Para concluir, recordó que su partido fue el único que tomó la tribuna para detener el paquete fiscal propuesto por el Presidente Felipe Calderón. Risas, aplausos, murmullos. El expositor cambió inmediatamente el semblante de víctima del pánico escénico por la de un hombre orgulloso ante la ovación obtenida por los presentes.
Me pregunto si sabrá la diferencia entre el público que ríe con uno al que se ríe de uno.
Posteriormente se le preguntó acerca del orden constitucional y del atentado que a éste representa la toma de la tribuna del Congreso, a lo que el exponente se limitó a responder con chistes, incongruencias y comentarios fuera de lugar, provocando más risas y aplausos (incluyendo mi risa, debo aceptarlo; más nunca mis aplausos ni ovación) entre los asistentes que no daban crédito a la sarta de disparates con los que intentaba defender lo indefendible.
Respeto la diversidad de cualquier tipo, incluyendo la política; pero no tolero que en este país haya gente siendo aplaudida por hacer el ridículo, la caricatura del supuesto empleado de la sociedad. Indudablemente, los asistentes al evento se percataron de ello, pero sus risas y aplausos a manera de mofa contribuyeron a inflamar el orgullo de este espécimen de Juanito, el cual seguramente en ese momento pensó: definitivamente, soy un político y lo hago bien.
Indescriptibles. Así son los políticos que elegimos, los que apoyamos. ¿Cómo puede alguien con semejante irracionalidad aspirar a un puesto público? Los mexicanos aceptamos a cualquier Juanito como líder, como representante, como “político”; esa palabra que se ha prostituido tanto que ya no tiene ganas de sonar convincente.
Pero si un extranjero me preguntase ¿por qué en México permiten juanitos así? sería más complicado de explicar. Quizá en un país donde, según datos de la UNESCO, únicamente el 2% de la población tiene el hábito de la lectura y donde en un estado como Yucatán una bazofia llamada De Peso es uno de las dos publicaciones de mayor distribución en la entidad, este tipo de fenómenos sea posible. Pero realmente la opinión extranjera queda en un segundo plano, si tenemos en cuenta que los mismos nacionales somos los que ignoramos (muchas veces, porque queremos ignorarlo) el verdadero origen de esta enredadera llamada Siglo XXI.
¿Quo vadis México?