domingo 22 de noviembre de 2009

Huella en el agua

I

Nadie más lo sabía, pero Mafalda se estaba muriendo. Al menos, eso fue lo que ella pensó. No sabía como decírselo a sus padres o a sus amigas del colegio, pero era inevitable. Desde su infancia la prepararon para terminar la primaria y empezar con el pie derecho la secundaria en septiembre. Sabía que algún día tendría que elegir una carrera, un esposo, el nombre de sus hijos y el color de la casa de dos niveles donde vivirían; pero no sabía que existiese la muerte como destino programado. A ella le habían dicho que viviría para siempre, como las princesas de Disney, Bella Swan o Hannah Montana; pero el repentino cambio de planes ahora la tomaba por sorpresa.

Nunca la prepararon para morirse, no sabía cómo.

Seguramente le habían mentido todo este tiempo, como habían hecho con Santa Claus, los Reyes Magos, el ratón de los dientes (¿acaso con Dios?). Querían ocultarle que ese día llegaría, pero ahora había descubierto el engaño antes de que sus padres pudieran confesar. Acostada en su lecho de muerte, se dio cuenta del efecto secundario que traía consigo la trágica noticia: el odio a los adultos. Esos seres peligrosos e ilusorios – antropófagos algunos – de los que (estaba segura) la muerte quería salvarla.

Quizá la muerte es mi amiga, pensó. Venía a sacarla de la casa y del control de los seres de hierro. Valía la pena morirse entonces, con tal de no seguir bajo su cuidado y ser educada para convertirse en un engranaje más del cíclico fastidio que representa la vida adulta. ¿Quién quiere ser adulto de todos modos? Habría que estar enfermo para querer serlo. Ellos no tienen tiempo, no pueden tenerlo, sería contra su naturaleza. Simplemente esperan a que los años les alcancen para anunciar que ya estaban muertos desde que abrazaron el sano vicio de trabajar para vivir.

Entonces, contenta y con doce años de experiencia, Mafalda permaneció acostada, esperando a que su nueva amiga venga a buscarla y la lleve lejos, donde pueda jugar libremente y no ser encontrada.

II

Parece que fue hoy, decía Raquel al darle la noticia su esposo. Los dos, asediados por la nostalgia y la incontenible felicidad, miraban la buena noticia que flotaba en el retrete. Ambas miradas se encontraron y comprendieron lo que ello significaba: la huella en el agua color bermellón era un nuevo paso para su hija.

Sin duda, era razón para alegrarse.

sábado 14 de noviembre de 2009

Poeta alejandrino

Cuando un escritor sabe bien que unos pocos ejemplares serán vendidos, gana una gran independencia para su trabajo creador. El escritor que tiene la seguridad, o al menos la posibilidad de vender toda su edición, y quizás futuras ediciones, no pocas veces es influenciado por las futuras ventas. Casi sin saberlo, sin pensarlo, habrán circunstancias cuando conociendo lo que el público piensa, lo que gusta y compraría hará algunos pequeños sacrificios, escribirá está frase un poco diferente, dejará fuera aquello. Y no hay nada más destructivo para el arte, tiemblo con sólo pensarlo, cuando una frase debe ser cambiada, cuando hay que omitir algo

Así es como en mil novecientos siete Constantino Petrou Kavafis escribió el espíritu que décadas después sería identificado como la huella dactilar de su poesía. Nunca reconocido en vida (mas que por un selecto grupo de lectores a los que él mismo elegía para compartir algunos textos), su poesía podría clasificarse en tres atmósferas principales en las que logró desenvolverse: la tradición o mitología helénica, la sexualidad (nunca temió manifestar abiertamente su homosexualidad) y la misma Alejandría que lo vio nacer. Sin intención tal vez, Kavafis se convierte a lo largo de su obra en un testigo ocular y cronista de las historias que desembocan en los barrios, cafés y hoteles del histórico puerto egipcio.


EN LA CALLE

Su simpático rostro un poco pálido
y los ojos castaños aún absortos.
Veinticinco años, aunque aparenta más bien veinte.
Algo le da en su atuendo vago aire de artista:
la corbata tal vez o la forma del cuello.
Marcha sin fin preciso por la calle
como aún poseído del placer ilegal,
del prohibido amor que acaba de ser suyo.

Sin haber publicado un libro en vida y pasando casi inadvertido por la sociedad de su época, Kavafis logró ser un poeta completo: apasionado de las batallas de Magnesia o la estatua de Endimión, dedicó innumerables versos a los héroes helénicos; pero nunca dejó de ser un peatón en su tierra, como diría un gran poeta mexicano. En prosa o en versos, transformó en espirituales los elementos que se esconden en la vida cotidiana de una ciudad, sin pretender deslumbrar al lector con laberíntica semiótica. Escribió por la simple catarsis de construir un templo para adorar a la vejez o al tiempo o a la lujuria o anciano o a las velas o a los templos mismos. Y a Alejandría, escenario de los más célebres espacios en su poesía. En una nota de mil novecientos siete, el artista comentaba:

Ya me he acostumbrado a Alejandría, y es verdad que aunque fuese rico, aquí me quedaría. A pesar de esto, cómo me disgusta esta ciudad. Qué problemática, qué carga son las ciudades pequeñas -cuánta falta de libertad. Aquí me quedaré, otra vez no estoy tan seguro de lo que quiero-, porque es como mi país natal, porque está ligada a mis recuerdos.”

No hace mucho que me perdí en la obra de Kavafis y aún no deja de sorprenderme la voz que en ella se encuentra – y vale la pena decir que difícilmente consigue uno oír realmente la voz del autor a través de sus poemas. Es entonces cuando pasa de ser un escritor y se convierte (verdaderamente) en un poeta.

Poco sirve lo que pueda prolongar este espacio, así que adjunto algunos de sus poemas que espero sirvan como primer encuentro para aquellos que, al igual que yo hace casi un año, no habían tenido la oportunidad de oírlo escribir.


FUI

No me ligué.
Por entero me liberé y me fui.
Hacia goces que estaban
parte en la realidad, parte en mi ser,
en la noche iluminada fui.
Yo bebí un vino fuerte,
como sólo el audaz bebe el placer.

UNA NOCHE

La habitación pobre y vulgar,
escondida en los altos de la taberna equívoca.
Desde la ventana la calleja,
estrecha y sucia. Y las voces abajo
de unos cuantos obreros
distrayendo su tiempo con las cartas.

Y allí, sobre aquel lecho ordinario y humilde,
el cuerpo tuve del amor, los labios
voluptuosos de la embriaguez, purpúreos
de tal embriaguez que cuando ahora,
después de tantos años, esto escribo
en mi casa vacía me embriago de nuevo.

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS

¿Qué esperamos agrupados en la plaza?

Hoy llegan los bárbaros.

¿Por qué inactivo está el Senado
e inmóviles los senadores no legislan?

Porque hoy llegan los bárbaros.

¿Qué leyes votarán los senadores?

Cuando los bárbaros lleguen darán la ley.

¿Por qué nuestro emperador dejó su lecho al alba,
y en la puerta mayor espera ahora sentado
en su alto trono, coronado y solemne?

Porque hoy llegan los bárbaros.
Nuestro emperador aguarda para recibir
a su jefe. Al que hará entrega
de un largo pergamino. En él
escritas hay muchas dignidades y títulos.

¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores visten
sus rojas togas, de finos brocados;
y lucen brazaletes de amatistas,
y refulgentes anillos de esmeraldas espléndidas?
¿Por qué ostentan bastones maravillosamente cincelados
en oro y plata, signos de su poder?

Porque hoy llegan los bárbaros;
y todas esas cosas deslumbran a los bárbaros.

¿Por qué no acuden como siempre nuestros ilustres oradores
a brindarnos el chorro feliz de su elocuencia?

Porque hoy llegan los bárbaros
que odian la retórica y los largos discursos.

¿Por qué de pronto esa inquietud
y movimiento? (Cuánta gravedad en los rostros.)
¿Por qué vacía la multitud calles y plazas,
y sombría regresa a sus moradas?

Porque la noche cae y no llegan los bárbaros.
Y gente venida desde la frontera
afirma que ya no hay bárbaros.

¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?
Quizá ellos fueran una solución después de todo.

(A éste último - probablemente el más célebre junto con Ítaca - José María Álvarez hace la siguiente anotación:

De las muchas investigaciones que fatigaron este texto no debe dejar de considerarse la de Rangavís, quien lo defiende como reflejo de una muy precisa situación: el anhelo egipcio por una invasión sudanesa ante la ocupación británica, sobre 1990. No cabe descartar a Plutarco.”)

jueves 5 de noviembre de 2009

República de Juanitos

Si algún extranjero me pidiese una explicación a la situación política de México, me vería (como cualquier mexicano) en el infértil esfuerzo por tratar de resumir una serie de factores políticos, sociales, culturales, históricos y hasta geográficos para dar una respuesta convincente. Sin embargo, quizá la forma más acertada de concentrar toda esa suma de elementos que integran nuestra complicada realidad sería a través del personaje de Rafael Acosta, mejor conocido como “Juanito”.

Surrealista, imposible, absurdo. Es el hombre elegido por Andrés Manuel López Obrador para una de los capítulos más ridículos y de mayor rating en la política mexicana contemporánea. La democracia parecía haberse convertido en un circo, una falta de respeto para una sociedad qua ha crecido con la idea de que los procesos electorales son la garantía máxima de que la soberanía que aún (dicen) reside en el pueblo. Valdrá la pena citar a Ricardo León cuando hoy me comentaba: No será políticamente correcto decirlo, pero es verdad cuando se dice que el pueblo tiene el gobierno que se merece. No podría ofrecer replica alguna.

La razón del comentario de Ricardo tuvo como contexto la mesa panel que se llevó acabo el día de hoy en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Yucatán, en la cual participaron cinco representantes de los principales partidos políticos. Entre los expositores, sobresalió cierto individuo (cuyo nombre no mencionaré, debido a que personalmente pude decirle frente a frente lo que opino de su participación en dicha mesa panel) que demostró una vez más que en cada rincón del país puede encontrarse un Juanito.

Después de un discurso pobre, sin fondo y demagógico que (mal)leyó ante todos nosotros, pudimos verlo caer en colapso nervioso al momento en que, durante la ronda de preguntas, uno de los presentes puso en duda la determinación que atribuía a su partido por “defender el desarrollo natural y sano del proceso electoral”, como había afirmado durante su intervención, teniendo en cuenta que fue su mismo partido el que apoyó la estrategia Juanito.

Desesperado por lograr articular alguna palabra coherente para responder, se limitó a explicar lo “necesario” que fue esa medida, sin antes recalcar la “confianza” que pusieron en Rafael Acosta desde el principio. Para concluir, recordó que su partido fue el único que tomó la tribuna para detener el paquete fiscal propuesto por el Presidente Felipe Calderón. Risas, aplausos, murmullos. El expositor cambió inmediatamente el semblante de víctima del pánico escénico por la de un hombre orgulloso ante la ovación obtenida por los presentes.

Me pregunto si sabrá la diferencia entre el público que ríe con uno al que se ríe de uno.

Posteriormente se le preguntó acerca del orden constitucional y del atentado que a éste representa la toma de la tribuna del Congreso, a lo que el exponente se limitó a responder con chistes, incongruencias y comentarios fuera de lugar, provocando más risas y aplausos (incluyendo mi risa, debo aceptarlo; más nunca mis aplausos ni ovación) entre los asistentes que no daban crédito a la sarta de disparates con los que intentaba defender lo indefendible.

Respeto la diversidad de cualquier tipo, incluyendo la política; pero no tolero que en este país haya gente siendo aplaudida por hacer el ridículo, la caricatura del supuesto empleado de la sociedad. Indudablemente, los asistentes al evento se percataron de ello, pero sus risas y aplausos a manera de mofa contribuyeron a inflamar el orgullo de este espécimen de Juanito, el cual seguramente en ese momento pensó: definitivamente, soy un político y lo hago bien.

Indescriptibles. Así son los políticos que elegimos, los que apoyamos. ¿Cómo puede alguien con semejante irracionalidad aspirar a un puesto público? Los mexicanos aceptamos a cualquier Juanito como líder, como representante, como “político”; esa palabra que se ha prostituido tanto que ya no tiene ganas de sonar convincente.

Pero si un extranjero me preguntase ¿por qué en México permiten juanitos así? sería más complicado de explicar. Quizá en un país donde, según datos de la UNESCO, únicamente el 2% de la población tiene el hábito de la lectura y donde en un estado como Yucatán una bazofia llamada De Peso es uno de las dos publicaciones de mayor distribución en la entidad, este tipo de fenómenos sea posible. Pero realmente la opinión extranjera queda en un segundo plano, si tenemos en cuenta que los mismos nacionales somos los que ignoramos (muchas veces, porque queremos ignorarlo) el verdadero origen de esta enredadera llamada Siglo XXI.

¿Quo vadis México?

domingo 25 de octubre de 2009

Los restos del arca de Noé

El sueño de la razón produce monstruos
Francisco de Goya y Lucientes

La verdad os hará libres
(Jn 8,32)


Probablemente uno de los mayores peligros que pueden llegar a parasitar una religión es el fundamentalismo. Bastará recordar que recientes testimonios de antiguos miembros de la administración Bush han descrito la manera en que los operativos en Afganistán e Irak fueron fundados y motivados en textos de la Biblia, por decir tan sólo un ejemplo contemporáneo. En el caso de la Iglesia Católica (de la cual formo parte), representa uno de los más grandes obstáculos por superar. Aunque la posición oficial de la Iglesia se opone a la lectura fundamentalista de los textos bíblicos, me parece alarmante que muchos católicos sigan pensando que Adán y Eva existieron o que el arca de Noé era un barco y que (por si fuera poco) existió. Es preocupante que en pleno Siglo XXI se sigan manteniendo esa especie de mitos en la religión, cuando no debe haber nada más apegado a la fe que la razón. A mi juicio, la primera debe ser continente de ésta. Es indispensable que la lectura bíblica se lleve a la luz del estudio y comprensión del contexto histórico, social y cultural del autor de dichas escrituras, así como de la perspectiva particular de éste sobre los hechos. Ampliaré esta idea.



Una amiga me comentaba lo indignada que estaba por ciertas líneas que consideraba machistas que pueden leerse en los textos de San Pablo, donde se evidenciaba la perspectiva de la mujer como un ser obediente y dependiente del esposo, al cual debía guardarle respeto jerárquico. Evidentemente, Pablo era machista como cualquier hombre que haya nacido en la época, lugar y contexto en el que él vivió. Con esto no quiero decir que el machismo es justificado por razones culturales o históricas. De ninguna forma. Pero sí debemos entender que las ideas de equidad de género que hoy el día nos resultan familiares estaban a siglos de distancia del pensamiento de Pablo. Si bien el mensaje de Cristo desde un principio buscó, entre muchas otras cosas, abolir por completo la desigualdad social de la mujer, los apóstoles no dejaron inmediatamente de ser portadores de los vicios de su época. Eran producto del lugar y momento en que vivieron.



He ahí la razón por la que hay que aprender a reconocer en las palabras de Pablo las partes que remiten únicamente a cuestiones de cosmovisión (e incluso puntos de vista personales) de aquellas que hacían referencia al mensaje de Jesús, mismo que los apóstoles apenas estaban asimilando y comprendiendo. Como diría el padre Raúl Lugo, hay que reconocer La Palabra entre las palabras.

Es urgente que el creyente comience a comprender al momento en que cree. El mensaje del Evangelio es tan basto que probablemente nunca lo comprendamos en su totalidad, por lo que hay que eliminar esos fósiles que día a día se van convirtiendo en piezas de museo dogmático en nuestra fe y acercarnos más al verdadero significado de las escrituras. Tan poco hay que caer en la subjetividad y etiquetar absolutamente todas las expresiones como metáforas espirituales, sino tratar de trasladarse al momento en que fueron concebidos los textos para asimilarlos de manera más precisa.

No me jacto de ser un experto en estudios bíblicos y es poco o nada lo que sé al respecto; pero confío en que algún día ideas como que el 666 es el número del diablo o que Astaroth era un demonio o que en algún lugar debe haber vestigios de la costilla de la cual salió Eva, pasarán a descansar en el mismo sótano donde hace años dejamos a Santa Claus y los Reyes Magos.

miércoles 7 de octubre de 2009

G.D.O. = DOG

"Miguel Hidalgo: Padre de una patria libre, para hombres libres". Así versa el grabado bajo la estatua del prócer mexicano, ubicada en la avenida Circuito Colonias, en Mérida. Siempre me ha llamado la atención ese monumento, no por la frase en sí o el cura inmortalizado en la glorieta; sino por el autor de dicho halago: Gustavo Díaz Ordaz. Me parece ridículo que se atrevan a citarlo de tal forma, teniendo en cuenta las huellas con las que ha quedado plasmado su paso como presidente en la historia mexicana.

Ni la construcción del metro de la Ciudad de México, ni la firma del Tratado de Tlatelolco (del cual surge el Organismo para la Proscripción de Armas Nucleares de América Latina), ni la Ley Federal del Trabajo, ni otorgar el voto a los jóvenes de dieciocho años, ni siquiera organizar las Olimpiadas de 1968 en nuestro país figuran como las marcas más distintivas de su sexenio. Si algo caracterizó la administración de Díaz Ordaz fue el despotismo y la censura que ejerció al nivel de las peores dictaduras militares latinoamericanas; prácticas de las que, sin ser dictador o militar, se valió para reprimir tanto a estudiantes y médicos del ISSTE, como periodistas o cualquier individuo que se atreviera a manifestarse públicamente en contra de su régimen.

Control de medios de comunicación, supresión de la libertad de expresión y violaciones continúas a los Derechos Humanos. Ese es el recuerdo que trae hablar de su gobierno. Es la sentencia de la historia – la única de este mundo de la cual no pudo salvarse – que ha dejado ese estigma sobre su nombre. Basta recordar el cierre del Diario de México en 1967, el cual en una edición - debido a un descuido humano - cambió los pies de página correspondientes a dos fotografías: la primera, del presidente Díaz Ordaz y su gabinete, y la segunda, el nuevo espécimen de chimpancé en el zoológico de la ciudad.

Nadie puede dudarlo: cómo cualquier gobernante, siempre hay puntos positivos que dejó para el país – los cuales menciono al principio del segundo párrafo. Incluso Hitler en materia económica fue lo mejor que pudo pasarle a Alemania al principio de la guerra. ¿Pero a qué precio? ¿A caso no el desarrollo económico se vio afectado por la poca confianza que había para invertir en México debido a su despótica administración?

Ni hablar del 2 de octubre en Tlatelolco – matanza de la que él fue uno de los autores intelectuales- que esa historia habla por sí sola.

No digo nada que no se haya dicho antes, ni hay mucho que exigir teniendo en cuenta que el personaje al que hago referencia en éste escrito ya murió. Sólo pienso que el mexicano debería ser más conciente antes de colocar una frase tan incongruente con su autor como en aquel monumento de la ciudad. Lejos de ser en memoria a Miguel Hidalgo, parece ser en honor del sádico y vulgar cinismo con los que algunos tiranos han gobernado en el pasado esta
patria libre, para hombres libres.

(Por cierto, el título lo saqué de un graffiti del D.F. hecho alrededor de 1967)



Vale la pena verlo hasta el final

domingo 4 de octubre de 2009

…pero las tortugas no se han ido

Podrá haber quienes piensen lo contrario, pero en Mérida (específicamente en el centro) hay un ambiente muy ávido por ampliar los espacios culturales de manera accesible al público. No me refiero a programas o eventos organizados por el gobierno municipal, al que no le puedo negar que ha tenido aciertos en este campo. Hablo de lugares como la Casa de la Cultura Elena Poniatowska (mejor conocida como La 68). Probablemente es de los que más me ha llamado la atención debido a los documentales, películas y películas/documentales que proyectan todos los fines de semana. Más allá de las mil y un críticas que puedan hacerse a este lugar debido a la inevitable conexión con la propietaria y su obra literaria (tema que poco importa en este texto) hay que reconocer el gran esfuerzo por traer ciertos filmes que difícilmente podrían encontrarse en la ciudad y que casi siempre (casi) valen mucho la pena. Ejemplo de ello es el documental Luchamos pero disfrutamos, el cual tuve la oportunidad de ver en aquél recinto en el momento en que más lo necesitaba.

Las ONG’s y en general cualquier movimiento activista, a mi juicio, tienen en común una meta magna por alcanzar: dejar de existir. La necesidad de que surjan movimientos para determinada causa es evidencia de una carencia en la sociedad. Al igual que en las leyes, en los movimientos que existen en un lugar determinado vemos inmediatamente cuales son sus problemas y necesidades. En un mundo ideal ni siquiera necesitaríamos leyes, porque no habría necesidad de codificar y coaccionar para controlar la conducta humana; pero como ya dije, desgraciadamente es sólo una utopía. Lo mismo pasa con las organizaciones no gubernamentales. Admiro a la gente que ejerce proyectos y acompañamientos de trabajo comunitario, ya sea en la selva Tarahumara o en alguna aldea en Lesotho; pero llega un punto en que se cuestiona hasta donde los movimientos populares son realmente populares. ¿Realmente podemos hablar de un movimiento indígena, por ejemplo, cuando las bases ideológicas o la iniciativa son planteadas por activistas europeos o nacionales de clase media-alta que buscan satisfacer lo que, según ellos, son necesidades de la gente? Cuesta aceptarlo, pero es un error en el que en no más de una ocasión se ha caído.

En este contexto, resultó un alivio descubrir durante los cuarenta minutos que duró el documental la existencia de los asháninkas y la forma en que ellos (sin necesidad de que algún antropólogo urbano fuera a decirles lo que es bueno para ellos) luchan y trabajan para proteger la pequeña porción del Amazonas en que viven. Ningún activista seducido por la romántica literatura sobre el movimiento popular (que los indígenas nunca han tenido la oportunidad de leer) les explico lo importante de realizar la pesca en el río por sectores determinados (únicamente donde no desovan los peces) para evitar la sobreexplotación. Fueron ellos mismos los que se dieron cuenta, sin estadísticas ni tablas, que la población de tortugas en el río Amónia había disminuido en los últimos años. Con la simple iniciativa y responsabilidad de cuidar su tierra, emprendieron una exitosa labor para criar tortugas, protegerlas e incrementar cuantitativamente la especie. Ellos mismos fueron los que solicitaron ayuda al gobierno brasileño para que protejan la selva de los taladores furtivos que la invadían. Incluso, fueron ellos quienes explicaron a las autoridades cómo era mejor operar y qué áreas estaban en riesgo.

No quiero hacer menos el trabajo de miles de organismos no gubernamentales que, sin caer en extremismos absurdos, han hecho grandes cambios y ayudado a miles de pueblos a alcanzar objetivos y resolver problemáticas que difícilmente hubieran podido solucionar debido a su escaso o nulo conocimiento en materias como el derecho, por ejemplo. Pero es un hecho indiscutible que los asháninkas son un ejemplo de que hay lugares donde se ha conseguido ese romántico objetivo de los organismos no gubernamentales: no necesitar de ellos. No significa que han alcanzado la sociedad perfecta. Como cualquier otra deben enfrentarse a distintas penurias y obstáculos en su vida diaria; pero han comprendido que las mayores armas son la organización, el respeto a la naturaleza y, sobre todo, la conciencia y responsabilidad que tienen con su comunidad y consigo mismos. De esta forma, cualquier ayuda externa, por más bien intencionada que sea, viene sobrando. Son autosuficientes en materia de proteger su cultura y sobre todo (vuelvo a repetirlo) organizarse. No han perdido ese contacto con la parte más humana que otros hemos perdido: el sentirse parte del mundo hasta llegar a protegerlo de nuestras propias comodidades.

La mejor escena probablemente fue una de las últimas: un niño de la comunidad comía una guaya que acababa de arrancar de un árbol. Al oír que su padre lo llamaba para que no se quedase detrás del grupo, saca la semilla de la boca. Espera, sólo me falta sembrarla. Acto seguido, el pequeño pone la semilla en la tierra. A diferencia de nosotros, él comprende la repercusión de sus acciones en el ambiente que lo rodea. Se contempla a sí mismo como un ente que puede alterar la realidad, por lo que es conciente del control que deben tener en esas acciones. Se ve a sí mismo, como dirían algunos sociólogos, como un agente de cambio. La diferencia es que para el es algo tan natural que no entiende los términos que el hombre “civilizado” utiliza para nombrar los fenómenos a los que está acostumbrado.

Es una lástima que ciertos grupos de defensa de derechos humanos (no todos, no siempre) no hayan visto ese documental. Específicamente unos cuantos en Mérida se darían cuenta de lo ridículas que son sus reuniones (perdón, ellos las llaman foros) para exponer los grandes logros que ellos (no la gente que ayudaron, sino ELLOS) han hecho a nivel regional, mientras inflaman las crestas para ver quién sabe más y quién ha corregido a quién. Se han olvidado que son un medio, un empujón. Los auténticos defensores de estos derechos no se interesan en perdurar o jactarse de ser los “pioneros en derechos de la mujer en el estado”, por citar a cierto grupo misándrico que probablemente existe en la ciudad, pero a cuyo nombre no le dejaré espacio entre estas líneas. Los movimientos que realmente valen la pena son aquellos que realmente nacen de la gente que vive las realidades que deben cambiarse, y si no, de aquellos externos que dan pequeños pero significativos empujones para que algún día veamos más iniciativa comunitaria de forma cercana y no únicamente en documentales.

miércoles 23 de septiembre de 2009

Honduras en el cenicero

Que Micheletti es un gorila, lo sabemos todos. Pero aprobar el estilo mesiánico con el que un hombre trata de retomar la presidencia es ridículo.

Pregunta sencilla: ¿Se está defendiendo la democracia en Honduras o a Manuel Zelaya? A mi juicio, el depuesto presidente se ha creído la segunda premisa.

Según él mismo, el gobierno de facto ha interceptado las comunicaciones en la embajada de Brasil en Tegucigalpa, la cual ha adoptado como refugio (Lula invita, por supuesto). Es curiosa ésta afirmación, cuando lleva más de setenta y dos horas ofreciendo diversas entrevistas a medios de comunicación internacionales vía telefónica.

Pero el realismo mágico de Zelaya cobra vida cuando, en entrevista por televisión, asegura que "un grupo de mercenarios israelitas" habían interferido en las comunicaciones del edificio, para luego hacer uso de "aparatos electrónicos que emiten radiaciones de alta frecuencia que afectan al cerebro humano".

Sus argumentos ahora son más cercanos a los de un famoso secuestra-aviones boliviano o al pistolero del Metro Balderas que a los de un presidente depuesto preocupado por la seguridad nacional.

Se resume en tragedia, si tenemos en cuenta que mientras ambas partes hacen intercambios de absurdos, la gente en las calles se enfrenta a la caótica realidad de su país.

Dos muertos, veintiséis heridos y más de ciento trece detenidos son suficientes para asegurar que la fuerza pública dirigida por un gobierno usurpador es más peligrosa que israelitas imaginarios derritiendo cerebros.