jueves, 4 de febrero de 2010

Filias y fobias

A veces tengo la mala costumbre de interrumpir la lectura de algún libro que, en su momento, no llamaba suficientemente mi atención, para iniciar algún otro que sí lo haya logrado. Posteriormente, siempre vuelvo a retomarlo para no dejar inconclusa una lectura. Sucede también que, en ocasiones, pasan los meses sin saldarse aquellas asignaturas pendientes que dejé con el separador entre páginas, esperándome pacientemente en mi escritorio.

Hace unos días me di cuenta que había vuelto a sucederme con un libro que suspendí desde mediados de noviembre. Como me encontraba a punto de iniciar uno nuevo, decidí emprender el difícil, pero sano ejercicio de leer ambos libros simultáneamente, dedicándoles en un principio hora y media a cada uno. Sin preverlo, había elegido dos libros sumamente contrastantes, debido a su contenido ideológico, a pesar de abordar temáticas semejantes. Se trataba de Sables y utopías, del derechista Mario Vargas Llosa, y de Las venas abiertas de América Latina, del izquierdista Eduardo Galeano.

Para muchos lectores asiduos, mi selección podría parecerles mediocre o populachera, pero a partir del resaltante cambio de lenguaje, posición política y tono de voz en cada hora y media, pude disfrutar de una de las mayores virtudes, no sólo de la literatura, sino del arte de expresar nuestras ideas por cualquier medio: la diversidad.

Tanto el libro del periodista uruguayo como el del ensayista peruano giran en torno a un mismo actor principal, que es la mal denominada América Latina (quedo en deuda con el lector para tratar en un futuro - espero no muy lejano - los motivos de mi disyuntiva contra ese término). Si bien, la distancia cronológica hace parecer inútil cualquier tipo de comparación entre ambas obras (Las venas abiertas fue publicado en 1971, mientras que Sables y utopías es del 2009), la inmortalidad de los distintos problemas en la región convirtieron mi lectura en una especie de debate, en el cual cada expositor tenía una hora y media para convencerme de sentenciar a la izquierda o la derecha - según el caso - como la culpable de nuestra tortuosa historia política y social contemporánea.

Me parece ridículo casarse con una ideología en particular para tratar de explicar y entender la situación que se vive en el continente. Todo tipo de maniqueísmos (en especial izquierda-derecha y liberal-conservador) me parecen absurdos e incluso anacrónicos para tratar analizar un mundo tan dinámico y complejo donde el diálogo objetivo y la pluralidad de ideas deben ser la respuesta al caos social, político y económico. Resulta estéril simplificar la realidad en una simple lucha entre el bien y el mal, donde la izquierda y la derecha más radicales utilizan el discurso para adjudicarse mutuamente determinadas filias y fobias, no dejando espacio para distintas cromáticas del pensamiento.

No me atrevería a decir que soy de izquierda o de derecha. Simplemente tengo ideas, puntos de vista, que otros se encargarán de clasificar y tratarán de ubicarme en algunos de los dos bandos; pero yo no intento enlistarme en ninguna de las dos milicias. Sería entregarme a una serie de posturas -por no decir dogmas- tratando de acoplar la realidad a los argumentos de determinada ideología, cuando debería ser al revés. Será porque considero que el equilibrio es una de las principales fuerzas del universo que considero una apología del caos el tratar de polarizar al mundo con dos posiciones antagónicas, de las cuales sólo se puede creer y defender una al mismo tiempo.

Autodeterminarse de forma total e incuestionable de “izquierda” o de “derecha” representa la construcción de obstáculos mentales para el desarrollo de nuestro pensamiento, jugando con la posibilidad de volvernos objetos inamovibles para el debate, concentrados más en convencer que en aprender, impidiéndonos el enriquecedor ejercicio de la diversidad de ideas.

Tanto la izquierda como la derecha han representado avances y catástrofes en el continente. Por eso leo a Galeano y a Vargas Llosa por igual, porque ninguno tiene la razón absoluta. Uno puede ir escuchando ambas posiciones e ir construyendo su propio criterio en base a los puntos de vista más cercanos a la realidad. Lástima que en nuestros días el equilibrio a través de la diversidad de ideas sea tan difícil de alcanzar por los prejuicios. De eso ninguno de nosotros estamos limpios, pero es una tarea que podemos ejercitar día a día durante el diálogo y el debate, buscando ir abriéndonos más para no confundir las cosas: las hipótesis dimanan del planteamiento del problema y no viceversa.

Que Galeano y Vargas Llosa continúen discutiendo sobre el “logro indigenista” o el “espejismo romántico” que significa la llegada de Evo Morales al poder; yo, por mi parte, disfruto no tener que darle la razón absoluta a ninguno de los dos.

viernes, 29 de enero de 2010

Noctívago

No sé que hacer con Dios cuando lo encuentre. No sé donde guardarlo o ponerlo a dormir cuando al fin lo tenga entre mis brazos. No sé si creerle.

Puedo recostarlo en el sofá para que las visitas lo contemplen cada domingo y me digan: Carlos, Carlos; que radiante es Dios en medio de la sala. Inasequible fulgor amuebla el sitio, escurriendo penumbra y luz por la ventana. Qué inalcanzable. Te felicito, porque ahora tienes la muerte en tu entrepierna, puedes beber de su historia y amueblarla en tu recamara. Pero yo no sabré que hacer con él o con el sofá o con las visitas o conmigo. ¿Deberé cerrar la casa con llave o cambiar de vecindario? Quizá convenga mudarse a un barrio diferente, lejos de amigos y familiares. Siempre quise vivir en un pueblo distante, sin carreteras ni avenidas y sin días entre semana. Apartarme del hombre y las ciudades, hacer ejercicio y tomar menos cerveza o al menos no buscar en ella lo que no se encuentra nunca. Pero el día que encuentre a Dios y lo lleve a vivir conmigo entre los puntos suspensivos de mi planisferio, no necesitaré alimentarme con alcohol o con cenizas de aguardiente. Sería contraproducente, teniéndolo a lado mío. Podría matarme o darme la vida buscando purgarme, regando mi jardín con astros que se enredan en las barbas de Leonardo Boff.

Sería un absurdo, me dirán todos. Sin duda lo será, verme caminando con un una gabardina tratando de ocultarlo, para que nadie lo vea, para que nadie más lo necesite. Para que pueda ser libre al fin y se convierta en lo que siempre ha soñado: ser simplemente dios, como cualquiera de nosotros.

Me perturba Dios. Me asusta pensar que está en la regadera, en la calle, en los colegios, en la silla, en el árbol y en el edificio del ayuntamiento; pero aún así no poder temerle, siquiera confrontarlo. Entre los demonios que asedian la vigilia de mis sueños, él ha sido siempre el más sensato: me dio la vida para amenazarme con la muerte, con mis deudas entre versos, siempre con el día siguiente.

Sólo Dios entiende a Dios y se ríe conmigo –tal vez de mí, pero al lado mío. Ya no estoy para ejercer mi papel de sediento noctívago, ya no tengo madera de creyente. Es por eso que ambos acordamos nuestro pacto: yo lo dejaría en paz y él no me arrancaría una costilla, ni me sacudiría las pulgas. Así viviríamos tranquilos, como cómplices o simplemente caballeros.

Como si ninguno de los dos supiera que el otro existe.
(junio 2005)

miércoles, 20 de enero de 2010

Cuando pase el temblor

Cuando un hombre debe más de lo que come,
se entiende que entonces la teoría falló


- Alejandro Filio


De pronto, todo el mundo está hablando de Haití. No es de extrañarse, teniendo en cuenta que es la primera zona de desastre con la cual inicia el año. La naturaleza siempre ha sido impredecible y no hay punto en el planeta en que uno pueda estar completamente a salvo de los desastres. Pero Haití ha sido una tierra en desgracia desde el momento en que adquirió su independencia, en mil ochocientos cuatro, siendo el segundo país en el continente en alcanzarla.

Quién puede olvidar los años de la infamia que vivió bajo la dictadura de François Duvalier, uno los mayores tiranos en la historia de América, comparable únicamente con Augusto Pinochet y Jorge Videla. La inestabilidad política y social ha dado como resultado que esta pequeña nación del Caribe sea la más pobre del hemisferio occidental, sin mencionar que el noventa por ciento de su población infantil sufre enfermedades relacionadas con parásitos intestinales. Los centenares de etcéteras con los que podría convencer al lector del dramatismo en ésta antigua colonia francesa podrían estar de más ante los acontecimientos de esta semana, agregando la replica del terremoto que azotó el día de hoy a esa nación de escombros.

Es una lástima que la tragedia de la pobreza en el mundo tenga que ser desenterrada por la opinión pública junto con los restos humanos. Haití es un claro ejemplo de los efectos que genera el lastre social de la pobreza. En una ciudad primer mundista (digamos Nueva York, Londres, Toronto o Dubai) un evento como este no dejaría de ser un desastre y de igual forma hubiese cobrado vidas humanas. La diferencia radica en que el grado de destrucción en un sismo es siempre proporcional al nivel de desarrollo económico, por lo que en un país que en situaciones normales carece de un sistema de salud para asistir adecuadamente a su población, donde la vivienda digna y de construcción estable es privilegio de las minorías y cuyo gobierno no tiene los recursos económicos, humanos y administrativos para controlar la situación de emergencia (como es el caso de Haití) el resultado será el rostro de la miseria humana en su máxima expresión, provocada en gran parte por el desequilibrio económico que existe en el mundo.

Estados Unidos tuvo que sacrificar tiempo (años), dinero (millones) y vidas humanas (miles) en su “generosa” misión para reestablecer la democracia en Afganistán (2001) e Irak (2003). ¿Por qué jamás había puesto su mirada y esfuerzo en “ayudar” a reestablecer el orden constitucional en este país caribeño que lleva más de veintinueve años de inestabilidad política? Muy simple: en Haití no hay petróleo. Como todos los países en los que las empresas gringas están más que establecidas y manejan gran parte de las ganancias anuales, se necesita de un terremoto de las magnitudes vistas para que la humanidad reaccione y la declare zona de desastre.

Estoy seguro que a mediados de agosto de este año seguirán algunos organismos apoyando la reconstrucción, pero la pobreza extrema dejará de ser noticia a nivel mundial. No pretendo dar a conocer por este medio la clave mágica para el mundo perfecto, pero si creo que hace falta darnos cuenta que el sistema económico que se está manejando en el nuevo orden mundial a fracasado al igual que lo hizo el comunismo. No es nisiquiera necesario cambiar de sistema, sino reestructurar las estrategias y apostar más por las reformas sociales que por el mercado libre sin restricciones que únicamente protege a las empresas. Los gobiernos deben entender que la existencia de trasnacionales con capitales mayores a los de muchos países tercermundistas es un claro síntoma de que estamos fracasando como humanidad en la lucha contra la pobreza.

¿Acaso la crisis económica mundial no fue una alerta de que hay que hacer varios ajustes en esta maquinaria de dinero?

Hay que reconocer también, el enorme esfuerzo que están haciendo distintas organizaciones para apoyar la reconstrucción, sobre todo aquellas que desde antes del incidente ya se encontraban haciendo acciones estratégicas paras combatir la pobreza en Haití y en otras partes del mundo.

Invito a los que puedan a donar y apoyar en los medios que tengan al alcance.

Algunos medios para apoyar:

Embajada de Haití en México
Cuenta HSBC: 4042482604

Save the children
http://www.savethechildren.com/
Oficina Mérida:
Telefonos: 926-90-21

Secretaria de Relaciones Exteriores
Oficina Mérida:
Tel. 926-20-03 y 9-26-20-04

Caritas de Yucatán
Cuenta Banamex: 0166772099
Telefonos: 924 46 66, 924 41 79 y 928 74 57

Cruz Roja Nacional
Cuenta Banamex: 95032723

(Fuente de los números de cuenta: http://www.yucatan.com.mx/noticia.asp?cx=11$1310000000$4226603)

lunes, 21 de diciembre de 2009

Al-Sirr

Éramos tres musulmanes y un católico tomando el metro. Menuda combinación, diría yo. Pero en una ciudad tan pluricultural como Toronto, eso es cosa de todos los días. Esperando el largo trayecto entre estación y estación, iba compartiendo con Hussein, Labib y Muhammad las distintas impresiones que teníamos de aquella Babel canadiense, según nuestras perspectivas personales como extranjeros provenientes de Arabia Saudita y México, en mi caso. Íbamos de tema en tema, como de costumbre; hasta que, por alguna razón que aún no recuerdo, topamos el tema de la homosexualidad.

Sabía desde antes que Arabia Saudita era una de las muchas naciones en el mundo donde la homosexualidad aún es un delito; pero escuchar a Labib contarlo fue como enterarse por vez primera. Uno puede leerlo a diario, saberlo como cultura general; pero hasta que uno no encara a un saudí defendiendo y fundamentando la “justa” legislación de su país, no se vislumbra la información como una realidad.

Muhammad era el que menos hablaba inglés de ellos. Desde el día en que lo conocí en la casa de huéspedes, aprendí a comunicarme con él principalmente por señas, incluso más que de manera oral. Recuerdo haberle enseñado palabras como street, water y walk, tratando de ayudarle a construir frases completas. Quizá por esa falencia permanecía en silencio durante nuestras conversaciones más profundas. Aquél día, como otros, calló durante todo el camino; pero yo sabía que la barrera del lenguaje no era la causa de su silencio.

Al ser vecinos de habitación, convivía más con él que con Hussein o Labib, quienes hacían estancia en otra residencia. Muhammad era un espíritu bastante ansioso, todo lo que lo rodeaba parecía ser una novedad para él. Realmente lo era, puesto que era la primera vez que visitaba un país occidental. A escondidas, sin que sus amigos se enteraran, probó su primera cerveza durante su primera salida a una disco, donde por primera vez adoptó la costumbre de saludar de beso en la mejilla a mujeres que no conocía. Por cierto, tomó su primer tequila conmigo, para luego contarme que no entendía por qué era ilegal en su país: nadie de los presentes murió después de aquél shot.

Conforme fue aumentando su vocabulario, también lo hicieron sus dudas. Incluso la gastronomía comenzó a ser un conflicto ideológico para él. ¿A qué sabe la carne de cerdo?, me preguntó con una profunda curiosidad. Para mí igual fue una experiencia aquella cuestión. ¿Cómo explicarle a alguien un sabor que nunca había experimentado por motivos religiosos? Riéndome le contesté que sabía a eso: a cerdo. ¿Pero a qué carne se asemeja? ¿Sabe como la de la vaca o la del camello? Era un verdadero choque de culturas. Comencé a sentirme cada vez más mexicano y él, más árabe.

Llegué a conocer bastante bien a Muhammad, incluso más de lo que Hussein y Labib lo conocen. Él nunca me contó su secreto, pero sí lo hizo la HP Compaq que compartíamos para usar Internet durante nuestra estancia.

Desgraciadamente, Muhammad no tenía la costumbre - sana costumbre - de borrar su historial. Tampoco desconectó nunca la herramienta de autocompletar en Google y en la caja de direcciones, para evitar que el Explorer revele automáticamente a otros usuarios (o sea, yo) las páginas a las que él había entrado. Peor aún, la estampida de publicidad pornográfica que se abría en ventanas de Internet de manera involuntaria lo delataban aún más. Así fue como me enteré de la homosexualidad de Muhammad: por los vestigios de las que posiblemente fueron las primeras páginas porno a las que entró en su vida.

Comencé a fijarme en detalles o quizá éstos empezaron a resaltar más por sí mismos. Nunca dije nada (como es lógico de pensar), ni hubiese tenido nada que decirle de todos modos. Él me había confiado un secreto sin saberlo, por accidente. Yo, simplemente lo acompañé en su silencio.

Al Riad no era Toronto y eso le asustaba: no sabía qué hacer con tanta libertad que Canadá le ofrecía. Tampoco imaginaba qué haría cuando ésta se terminara.

¿Y cual es el castigo para los homosexuales en tu país? Labib sonrió antes de contestarme. Sabía el impactó que iba a tener la respuesta en mi cosmovisión de occidente: decapitación con un sable en la plaza pública de Al Riad.

De haberlo leído en algún sitio de Internet hubiese pensado que se trataba de una broma, propaganda antiislámica auspiciada por el expansionismo gringo. Pero ahí estaba yo, frente a frente con un saudí que me confesaba la realidad de su país.

Muhammad, en silencio, pretendía que no escuchaba nada, mientras perdía su mirada a través de la ventana del tren subterráneo. Guardando su secreto, trataba de imaginar lo sencillo que serían las cosas si cualquier parte en el mundo fuese como Toronto.

Epílogo: los nombres de los personajes que intervienen en la historia fueron cambiados por respeto a la dignidad personal de cada uno de ellos.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Ecos fósiles

Hablar. Poder que nos convirtió en la especie victoriosa de la evolución. Con el idioma, la comunicación alcanzó el cénit y los humanos aprendieron a acrecentar el conocimiento personal alimentándolo con el de otros. Eso fue la clave del éxito, del desarrollo.

El hombre comenzó a hablar y desde eso no se ha callado. Algunas veces, callarse sería igual un signo de evolución. Por lo menos lo haría un poco más humano.

El don del lenguaje se encuentra oculto en el denominado gen FOXP2, ubicado en el cromosoma siete de nuestro código genético. Una mutación ancestral en este gen fue la que habilitó la comunicación verbal en nuestra especie al producir el desarrollo de ciertos linajes neuronales. Desde entonces, nos volvimos únicos, quedando en completo aislamiento del resto de los animales. Nos convertimos en humanos modernos, inalcanzables para especie alguna.

Al menos, eso creíamos hasta hace unos años.

La historia la escriben los vencedores, me han dicho. Pero quizá haya que extender el alcance de esta premisa a la prehistoria. Durante siglos, los libros de antropología, biología e historia han resumido la gran batalla por la supervivencia del Neandertal, especie que vivió de forma paralela al Homo Sapiens, extinguiéndose debido a la inteligencia y tecnología superiores de este último. Éramos dos linajes completamente diferentes, dos especies que compitieron hasta la desaparición de la más fuerte y de mayor tamaño: los neandertales.

Caín sí mató a Abel después de todo.

Pero esta suerte de humanos bestias, subestimados a lo largo de la historia, ha comenzado a revelarnos una realidad distinta. Investigaciones recientes para estructurar el mapa genético de los neandertales han dado origen un nuevo descubrimiento: la misma mutación en el gen FOXP2 se encuentra en su ADN, por lo que pudieron desarrollar un lenguaje al igual que los Homos Sapiens. Con esto, la voz deja de ser un privilegio para el hombre moderno.

Cráneos de mayor volumen que los de nuestros antepasados, rituales fúnebres bien definidos, organización social estructurada y una gran adaptación para climas fríos. Los descubrimientos refutan por completo la idea tradicional de bestias incapaces de crear herramientas y en completo atraso evolutivo ante los humanos. Más aún: algunos paleontólogos se han aventurado a publicar explicaciones acerca de posibles trueques comerciales entre ambos seres.

¿Qué habrá pasado con los neandertales?

Eran la otra especie, los que por algún capricho del azar (probablemente factores climatológicos) desaparecieron, dejándonos como los únicos no-animales, como la razón primigenia de toda la creación. Así aprendimos a describir los hechos: el mundo fue únicamente para nosotros, nadie sobrevivió para escribir algo distinto.

Nosotros escribimos la prehistoria, porque fuimos la especie que sobrevivió. Ahora, el neandertal, desde sus restos fósiles, decide después de unos milenios de silencio ejercer su derecho de replica.


lunes, 30 de noviembre de 2009

Colores terrestres

Regina tenía nueve años y su juguete favorito era un gran Atlas pictórico del mundo. Aquel libro había sido un obsequio del periódico a todos los suscriptores con más de dos años de antigüedad, por la generosa cantidad de setenta pesos. Permaneció varado en el librero desde que se incorporó al inventario de la casa. Años después, ella lo descubriría una tarde de ocio, tras una larga mañana en que la varicela fue motivo para no ir a clases. Estuvo alrededor de ocho días en reposo, en compañía de los continentes a escala, ilustrados con gran detalle en sus relieves e hidrografía. Por instantes, creía realmente tener al mundo entre sus manos.

Jugando entre sueños, observándolo, conoció de lugares lejanos. Desde el Magreb hasta la Cochinchina, cruzando por Bering hasta llegar a Ushuaia. El mundo era suyo y descubría cada uno de sus rostros, con los colores con que habían sido ilustrados en cada página: Islandia era azul turquesa y de bordes blancos y decembrinos, mientras que Brasil era verde y de contornos amarillos que evidenciaban playas inimaginables, tapizado con venas de agua dulce que se extendían hasta el Perú, cuya cordillera lo teñía de morado. Arabia Saudita era sepia. Simplemente sepia, sin elevaciones importantes ni ríos que hayan llamado la atención del cartógrafo. ¿Quién viviría en un lugar así? Las clases ahí seguramente eran más aburridas que cualquiera de las que ella tenía a lo largo de la semana. Les hace falta un poco de color, un poco más verde, pensó. Las niñas ahí debían ser muy serias y rara vez sonreían. Quién sabe. El día que ella se convirtiera en pilota lo averiguaría.

Indonesia era verde esmeralda y de pecas montañosas color púrpura. Regina sonrío: después de todo, no era la única con varicela en el mundo. Le llamó la atención ver la infinidad de islas que le daban forma. ¿Cómo harán las abuelitas en Yakarta para visitar a sus nietos en Ujung Pandang?, se preguntaba mientras hacía un esfuerzo para leer los nombres tan peculiares de ciudades y aldeas en el archipiélago. Seguramente era el lugar más pacífico de la tierra. La gente que en vive en islas siempre es alegre y divertida, pensó. Los indonenses (como ella los bautizó) pasarían los días jugando en la arena y comiendo coco (porque eso hay en las islas) sin meterse con nadie. Debía ser como un Cozumel, pero para chinitos.

¿Pero quién demonios viviría en Kazajstán? Eso ni siquiera era un nombre. Por sus papás había oído hablar de España o la India, pero de aquél lugar jamás. Ni siquiera su maestra de geografía supo decirle algo cuando le preguntó. Creo que está por África, dijo la maestra Carmita. ¿Estás segura de que así se llama? Voy a averiguar y te digo mañana. Regina esperó varias semanas, pero la maestra nunca cumplió su promesa. Quizá era la única en el mundo que se preocupaba por los pobres hombrecitos que vivían ahí. ¿Qué idioma hablaban? ¿Qué comían? Francia e Inglaterra cabían fácilmente en ese territorio, pero nadie sabía nada, como si nadie los hubiese visto. Eso es, exclamó, debe ser un país de hombres invisibles, por eso nadie los conoce. Ahora sabía donde iría a vivir cuando sea grande y haya terminado la primaria: ciudades invisibles, coches invisibles, caballos invisibles. Era el lugar perfecto. ¿Acaso los kazajos podrían verla a ella?

Sudáfrica era café oscuro. Tal vez estaba llena de africanitos, por eso se veía así. Zaire (que al momento de editarse el libro aún se llamaba así) era de las pocas partes verdes de África. Las cosas debían ser diferentes en ese país: más plantas y menos gente. Quizá había gorilas o serpientes y leones, por eso la gente prefería no vivir ahí. No los culpaba, a ella igual le daban miedo los animales salvajes. Nada mejor que vivir en lugares apartados de la selva, donde los peligros estaban a la orden del día. Por eso los africanitos no vivían ahí, para estar seguros en sus casas. Entonces Sudáfrica se parecía a donde ella vivía: la única preocupación de los niños era tener que ir a la escuela.

Japón era marrón mohoso y Australia una isla de ígneos tonos naranjas. Holanda era verde pistacho (o marihuana) y China era roja. Adquiría tonos distintos por el Tibet y Xinjiang, pero principalmente era roja, como si tuviese yagas en el rostro.

Hasta ahora, ella dice que fue el primer libro que terminó. Nadie la toma muy en serio cuando lo dice, pero está segura: lo leyó completo.

Un domingo de misa, la familia se sentó en primera fila como de costumbre. Por lo general, Regina no prestaba atención a nada de lo que se decía, pero la lectura bíblica captó su atención por primera vez. Era el Génesis, describiendo paso a paso como fue creado el mundo en siete días.

Al salir de la Iglesia, la mamá no pudo ignorar el semblante de molestia en el rostro de su hija. ¿Qué te pasa? ¿Estás molesta?, le preguntó. Regina volteó a verla con cierta indignación.

- Mamá ¿es verdad que Dios es niño?
- Sí hija, respondió poco convencida, ¿Por qué lo preguntas?
- No, nada, dijo la pequeña mientras proyectaba su mirada a través de la ventanilla del coche, bastante desilusionada. Como colorea muy bien, pensé que era niña.

miércoles, 7 de octubre de 2009

G.D.O. = DOG

"Miguel Hidalgo: Padre de una patria libre, para hombres libres". Así versa el grabado bajo la estatua del prócer mexicano, ubicada en la avenida Circuito Colonias, en Mérida. Siempre me ha llamado la atención ese monumento, no por la frase en sí o el cura inmortalizado en la glorieta; sino por el autor de dicho halago: Gustavo Díaz Ordaz. Me parece ridículo que se atrevan a citarlo de tal forma, teniendo en cuenta las huellas con las que ha quedado plasmado su paso como presidente en la historia mexicana.

Ni la construcción del metro de la Ciudad de México, ni la firma del Tratado de Tlatelolco (del cual surge el Organismo para la Proscripción de Armas Nucleares de América Latina), ni la Ley Federal del Trabajo, ni otorgar el voto a los jóvenes de dieciocho años, ni siquiera organizar las Olimpiadas de 1968 en nuestro país figuran como las marcas más distintivas de su sexenio. Si algo caracterizó la administración de Díaz Ordaz fue el despotismo y la censura que ejerció al nivel de las peores dictaduras militares latinoamericanas; prácticas de las que, sin ser dictador o militar, se valió para reprimir tanto a estudiantes y médicos del ISSTE, como periodistas o cualquier individuo que se atreviera a manifestarse públicamente en contra de su régimen.

Control de medios de comunicación, supresión de la libertad de expresión y violaciones continúas a los Derechos Humanos. Ese es el recuerdo que trae hablar de su gobierno. Es la sentencia de la historia – la única de este mundo de la cual no pudo salvarse – que ha dejado ese estigma sobre su nombre. Basta recordar el cierre del Diario de México en 1967, el cual en una edición - debido a un descuido humano - cambió los pies de página correspondientes a dos fotografías: la primera, del presidente Díaz Ordaz y su gabinete, y la segunda, el nuevo espécimen de chimpancé en el zoológico de la ciudad.

Nadie puede dudarlo: cómo cualquier gobernante, siempre hay puntos positivos que dejó para el país – los cuales menciono al principio del segundo párrafo. Incluso Hitler en materia económica fue lo mejor que pudo pasarle a Alemania al principio de la guerra. ¿Pero a qué precio? ¿A caso no el desarrollo económico se vio afectado por la poca confianza que había para invertir en México debido a su despótica administración?

Ni hablar del 2 de octubre en Tlatelolco – matanza de la que él fue uno de los autores intelectuales- que esa historia habla por sí sola.

No digo nada que no se haya dicho antes, ni hay mucho que exigir teniendo en cuenta que el personaje al que hago referencia en éste escrito ya murió. Sólo pienso que el mexicano debería ser más conciente antes de colocar una frase tan incongruente con su autor como en aquel monumento de la ciudad. Lejos de ser en memoria a Miguel Hidalgo, parece ser en honor del sádico y vulgar cinismo con los que algunos tiranos han gobernado en el pasado esta
patria libre, para hombres libres.

(Por cierto, el título lo saqué de un graffiti del D.F. hecho alrededor de 1967)



Vale la pena verlo hasta el final