domingo, 3 de junio de 2012

#YOSOY132 NO SÓLO MARCHA, PROPONE

#YoSoy132 es un signo de que los jóvenes de México por fin hemos salido de nuestras “vacaciones de la historia”. La mayoría de los que nos hemos sentido atraídos por este movimiento formamos parte de una generación que - según se creía - apareció en el momento preciso para heredar el olvido histórico. Muchos no habíamos desarrollado aún conciencia política cuando Colosio fue asesinado. Apenas podíamos comprender el impacto de la devaluación de la moneda o de la inesperada aparición de unos encapuchados declarándole la guerra al ejército mexicano una noche de Año Nuevo. Nacimos en vísperas de la caída del sistema o quizá unos años después. Fuimos criados por víctimas del FOBAPROA y por muchos que vivieron su juventud durante la Guerra Sucia en los 70’s. Crecimos escuchando historias sobre tiempos remotos en los que las movilizaciones estudiantiles eran una herramienta básica para la participación política, aun cuando estaban prohibidas. Por muchos años nos enseñaron a asumir el rol de silentes testigos del tiempo. Ver pero no tocar, dejar que las cosas pasen sin remedio. Amaestrados y adormecidos, crecimos pensando que nuestro papel en la sociedad era permanecer estáticos y que la democracia debía limitarse al ejercicio del derecho a obedecer.

 Ahora la historia ha llegado para rendir cuentas. Dejó de ser un ente inaccesible y se ha materializado en el presente. Ya no es el lejano y penoso pasado, ni un futuro ambiguo e incierto. Ha tomado las calles y se ha convertido en el ensordecedor paso de miles de jóvenes en todo el país. Nadie iba a imaginarse que incluso una sociedad como la yucateca – por muchos considerada “sumisa” y “poco participativa” – iba a unirse a un movimiento como éste. #YoSoy132 es tan sólo el nombre que ha adoptado el deseo generalizado de contar con medios de comunicación que verdaderamente lo sean. Es, sobre todo, una invitación a hacer política desde la ciudadanía. La juventud de México ha recuperado su papel como pieza indispensable y fundamental para la transformación del país. Los anhelos por construir una democracia participativa tienen hoy una nueva herramienta a través de este movimiento.

Pero el movimiento sería estéril si se quedase únicamente en las marchas. Es por eso que #YoSoy132 Yucatán ha convocado a todos los interesados a participar en distintas mesas de trabajo este miércoles a las 5:00 pm en el Parque de Santa Lucía. Este encuentro tendrá como finalidad organizarse en diversos grupos ciudadanos de trabajo para impulsar proyectos en beneficio de la sociedad. Se trata de una invitación a iniciar un ejercicio democrático más allá de las urnas. Ojalá muchos que comparten esa inquietud por reconstruir los medios de participación ciudadana asistan. Definitivamente, esta reacción en cadena que inició en la Ibero no finalizará junto al calendario electoral.

lunes, 28 de mayo de 2012

EGIPTO: EL REGIMEN DESPUÉS DEL REGIMEN

Hasta antes del Golpe de Estado contra la monarquía en 1953, Egipto había buscado erigirse como un “Estado liberal modernizador” concentrando gran parte de sus esfuerzos en europeizarse y procurar un acercamiento con Occidente. Con la llegada del nasserismo, el país tomó una dirección completamente opuesta. Antioccidental, nacionalista, socialista, monopartidista, de profunda influencia militar e islamista, el modelo de Estado construido por Gamal Abdel Nasser predominaría en Egipto por más de cincuenta años y sería perpetuado por los gobiernos sucesores: el de Anwar Sadat – quien buscó la “liberación” de Egipto sin mucho éxito – y el de Hosni Mubarak. Éste último retomaría la esencia del nasserismo realizando apenas ligeros cambios en materia de política exterior, como los acuerdos de paz con Israel. Sin embargo, el nasserismo pareciera no haber sufrido grandes cambios en su esencia. Así, las décadas perdidas por los fallidos resultados de ese sistema fueron, en gran medida, el detonante de la Revolución egipcia. 

Este año, por primera vez, el presidente de Egipto será elegido por la gente. El resultado de la primera vuelta en los comicios ha dejado atónita a la sociedad egipcia: deberá elegir entre Ahmed Shafiq, Ex Primer Ministro del gobierno de Mubarak, y Mohamed Morsi, candidato de la Hermandad Musulmana. El primero, de llegar al poder, representaría al régimen como fruto de la caída del mismo, contradicción absurda que reduciría los esfuerzos de miles civiles durante el levantamiento a un tortuoso trámite de transmisión de poder para la supervivencia de un régimen. El segundo, representaría un retroceso ante los pequeños e incipientes pasos democráticos dados en el país. La determinación de Morsi por dar cumplimiento a la Sharia (ley islámica) amenaza la tranquilidad y libertad de ciertos sectores de la población, como los cristianos coptos y las mujeres partidarias de un mayor reconocimiento de sus derechos. 

No sólo es preocupante que ninguno de los dos candidatos sea el mesías revolucionario que muchos esperaban subiese al poder después de la caída de Mubarak, sino que el país sigue gobernado por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Esto resulta un punto trascendental si se tiene en cuenta que los gobiernos de Nasser, Sadat y Mubarak se caracterizaron por la omnipresencia del ejército en la vida política y civil. Ninguno de los dos candidatos parece dar garantías de revertir esta situación. El panorama es desalentador para muchos: la primavera en la Plaza Tahrir pareciera haber terminado. 

Egipto vive un momento decisivo en su historia. ¿Fue la revolución tan sólo el cierre súbito de una etapa y el inicio de una nueva para el longevo sistema nasserista? Sería lamentable que así sea. La llegada del nuevo presidente determinará, en gran medida, el futuro para este país del Magreb. Quizá el fin de una revolución sea tan sólo el verdadero principio de ésta.

martes, 22 de mayo de 2012

CARTA AL PORTADOR

Estimada lectora, estimado lector

Usted puede salir a las calles y unirse a cualquier reunión, marcha o manifestación cuando así lo considere. Mi bisabuelo no podía. Él era un periodista y escritor que no estaba de acuerdo con el gobierno en turno. Fue amenazado varias veces y terminó detenido en más de una ocasión. Lo condenaron a muerte como a muchos otros (algo que se ha omitido en la historia oficial: a principios del siglo pasado se colgaba a los disidentes sobre Paseo Montejo), pero logró escapar a Cuba donde vivió unos años en el exilio. Mi bisabuelo no podía participar en algún tipo de reunión ciudadana, aunque fuese pacífica, porque la libertad de expresión era un privilegio. 

Existe una enorme diferencia entre el México que le tocó vivir a él y el que nos ha tocado a nosotros. Hoy día la libre manifestación de ideas no sólo es un derecho, sino un deber ciudadano para participar en el ejercicio democrático. No sé si Usted apoye o no a Enrique Peña Nieto. Está en total libertad de hacerlo o no. Pero, si Usted simpatiza con él, debe saber que cualquier persona que pretende alcanzar un cargo político se expone a sí mismo al escrutinio público. Si llega a ser presidente, Peña Nieto deberá respetar el derecho de todo aquél que no esté de acuerdo con él a manifestarlo de manera libre y abierta. Si apoya a Peña Nieto tiene el derecho de organizarse y participar en actos apoyándolo. Hágalo. Todas las voces deben ser escuchadas. Pero no hay que estigmatizar de “revoltosos” o “acarreados” a los que no lo apoyamos. Es por eso que movimientos como #MarchaYoSoy132 deben ser respetados y tolerados. 

Hace unos días, Enrique Peña Nieto presentó un “decálogo” con los principios que regirían su gobierno. Dos de ellos están íntimamente relacionados con la libertad de expresión y los medios de comunicación. Si el candidato piensa cumplir realmente ese decálogo – lo cual espero que así sea – no puede acusar a un movimiento pacífico de dividir al país o de sembrar el odio. Me parece que estas manifestaciones deben ser un ejercicio de tolerancia para el que pretende ser el futuro presidente del país y sus simpatizantes. Nosotros, los que no estamos de acuerdo con el proyecto de nación que ofrece y con el manejo de los medios de comunicación a su favor, respetamos el derecho de los que opinen diferente. 

Una sociedad que no está bien informada no es plenamente libre. La #MarchaYoSoy132 es el ejercicio legítimo de una sociedad que desea estar bien informada. Tiene Usted, si apoya a Peña Nieto, el derecho de réplica y a organizarse también, pero nada de libertades condicionadas: la expresión pública es de todos. Mucha gente ha sufrido en el pasado por ejercer esta libertad. Ya no estamos para repetir la historia de generaciones pasadas como la de mi bisabuelo. 

Sinceramente, 
un ciudadano dispuesto a convivir y a respetarlo a Usted, apoye o no a Peña Nieto.

martes, 15 de mayo de 2012

TRANSGÉNICOS: RETO DEL PRÓXIMO GOBIERNO EN YUCATÁN


En la Península de Yucatán cerca de quince mil familias dependen de la producción de miel. Más de diez mil toneladas de miel generan anualmente un derrame económico de trescientos millones de pesos. La importancia de este sector productivo para nuestra región es incuestionable. A pesar de ello, destaca el poco protagonismo que ha tenido este tópico entre los candidatos a la gubernatura del Estado como parte de sus propuestas de campaña. Pero sería más lamentable aún que nosotros como sociedad nos mantuviésemos desinformados ante la actual crisis que vive ese sector productivo.

Desde 2011, la polémica empresa estadounidense Monsanto fue autorizada para sembrar treinta mil hectáreas de soya transgénica en nuestra región. Como consecuencia, el polen de la soya transgénica ha contaminado la siembra de la miel. Esta alteración en el cultivo ha sido detectada por la Unión Europa, destino del 90% de la producción de miel mexicana. Debido a los estrictos estándares que impiden la entrada de productos transgénicos al territorio europeo, la economía regional se ha visto seriamente afectada y se calcula que podría generar pérdidas de hasta doscientos millones de pesos. A pesar de ello, Monsanto espera sembrar este año cerca de doscientas cincuenta y tres mil quinientas hectáreas de soya transgénica en la Península de Yucatán, Chiapas y la Huasteca.

Esta semana Aké, Mayapán, Kabah, Oxkintoc, Izimal, Kulubá, Dzibilchaltún, Ek Balam, Chichén Itzá y Xtampac fueron el escenario de protestas simultáneas para solicitar que la Península sea declarada territorio libre de transgénicos. El Pueblo Maya, con el apoyo de organizaciones nacionales e internacionales, ha iniciado una lucha urgente para impedir el deterioro del medio ambiente, la salud y la economía en la región. El objetivo es claro: detener el paso de Monsanto o de cualquier otra empresa que intente introducir transgénicos en el cultivo.

Este es un tema que debe encabezar nuestras preocupaciones a la hora de decidir a quiénes elegiremos como gobernadores en los tres estados de la Península. En el caso específico de Yucatán, nuestra meta debe ser no llegar a las urnas sin que los señores Olivia Guzmán Durán, Joaquín Díaz Mena, Rolando Zapata Bello y Eric Villanueva Mukul nos hayan manifestado de manera precisa su posición, así como sus propuestas para solucionar esta problemática. ¿Qué harán con el avance de los productos transgénicos en Yucatán? ¿Cuál debe ser la estrategia para defender la producción de la miel? Debemos posicionar este asunto como prioridad en la mesa de discusión y exigir propuestas concretas al respecto. Son este tipo de temáticas y no asuntos secundarios los que debe acaparar nuestra atención durante la contienda electoral.

sábado, 31 de marzo de 2012

DEL ESTADO Y EL GOBIERNO LAICO

Un Estado laico es aquel cuya estructura orgánica, poderes e instituciones son totalmente independientes y ajenos a cualquier religión. Inglaterra, Noruega e Irán son, en mayor o menor medida, países en los cuales la función pública y la agenda religiosa convergen habitualmente, por lo que carecen de laicismo. Argentina y Costa Rica, por su parte, son países cuya religión oficial es el catolicismo, razón por la cual un porcentaje de sus egresos está destinado a apoyar a dicha Iglesia. Hago esta introducción como punto de partida para explicar el por qué considero que México es (aún) un Estado claramente laico, a pesar de que argumentar lo contrario pudiese ser tentador para algunos. El organigrama estatal se encuentra estructurado de tal forma que ninguno de los tres poderes de la federación dependa de algún culto para ejercer sus funciones de manera efectiva. Diferente sería preguntarnos si un determinado gobierno es laico. Ahí tenemos una discusión diferente.

Vivimos en un país predominantemente católico. Es evidente que existe un alto grado de probabilidad de que una autoridad – sea Presidente o Ministro de la Suprema Corte, por ejemplo - sea católica y practicante. Nuestros funcionarios suben al poder junto a su ideología, posición política y culto, las cuales inevitablemente tendrán influencia en sus actividades. Puede gustarnos o no el hecho, pero ésta es una realidad que sucede en todo sistema democrático. Será benéfico o perjudicial para nosotros en la medida en que coincidamos o no con sus consecuencias.

El panorama se complica cuando nos preguntamos hasta dónde debe tolerarse que un gobierno o funcionario público cercano o partidario a una fe determinada manifieste o ejerza esta preferencia. La respuesta se encuentra en la medida en que sus acciones sean incompatibles o pongan en riesgo el ejercicio de las funciones del Estado laico. Me parece que durante la reciente visita del Papa esta delgada línea divisoria fue cruzada en más de una ocasión.

En un Estado laico, las manifestaciones religiosas que rodean una visita papal son y deben ser permitidas en virtud de la libertad religiosa. La población mexicana que participa en la fe católica tiene el pleno derecho a recibirlo como el líder de su Iglesia. No así las autoridades en ejercicio de sus funciones. México reconoce a Joseph Ratzinger como Jefe de Estado del Vaticano, entidad independiente con la que nuestro país posee relaciones diplomáticas. El trato, entonces, no debe ser diferente al ofrecido a un Primer Ministro o Presidente. Me parece incongruente con estos principios que funcionarios públicos se hayan referido a él - tanto en forma pública como por documentación oficial - como “Su Santidad”, “Santo Padre” y similares, o hayan cumplido con protocolos claramente nobiliarios que no deben ser concedidos ni siquiera a monarcas. Soy católico, pero también fiel defensor del laicismo. No creo que a ningún católico le agradaría ver ese tipo de trato preferencial y claramente practicante hacia un ministro de algún otro culto. Me parece un punto a considerar por respeto a la gente de otra religión en el país y a los que no practican ninguna.

lunes, 26 de marzo de 2012

A TRAVÉS DE LOS OJOS

No pasó mucho tiempo para que Othman Al Beshr y yo nos hiciéramos buenos amigos durante una estadía en el extranjero. El cruce de nuestros caminos se dio al momento en que la historia, cultura y política de Medio Oriente había despertado un gran interés para mí. Othman y yo, junto con otros tres amigos más de Arabia Saudita, solíamos pasar gran parte del tiempo juntos. Hablábamos de todo un poco y comparábamos cómo era la vida, cultura, gastronomía y política en nuestros países. El único tema que me resistí a poner sobre la mesa fue el conflicto árabe-israelí. No sabía cómo abordarlo o si debía hacerlo. Opté por contener mi curiosidad con la esperanza de que, tarde o temprano, esa conversación llegaría de forma natural. Así ocurrió.

Un día nos encontrábamos platicando a la salida del metro, cuando un judío – por la vestimenta religiosa que usaba era evidente que lo era – se detuvo ante a nosotros. Othman dejó de hablar por un segundo al advertir que, debido al estrecho pasillo de las escaleras y el gran flujo de personas, él y el rabino tuvieron que permanecer frente a frente. Estaban a tan sólo unos cuantos centímetros de distancia, a la espera de que el sube y baja humano les permitiese separarse y retomar sus caminos. Fue tan sólo unos segundos, pero en aquella imagen se evidenciaba la incomodidad de ambos personajes obligados a mirarse fijamente. Una vez fuera de la estación, Othman me contó el incidente. Yo fingía no haberme percatado del casi metafórico cuadro que acababa de presenciar. Días después, me enteraría de que Othman tenía familiares en Palestina que habían tenido que trasladarse al Líbano y Arabia Saudita por temor a los ataques del ejército israelí.

El conflicto entre judíos y musulmanes es sumamente complejo. Los palestinos son el mayor grupo de refugiados en la actualidad y se calcula que más de cuatro millones han abandonado sus hogares debido al proceso de colonización israelí. Tan sólo en la guerra de 1948, cerca de cuatrocientos pueblos palestinos fueron destruidos, siendo reemplazados de forma ilegal por asentamientos israelíes. Por otro lado, el muro levantado en la frontera con Cisjordania no respeta los límites provisionalmente establecidos, sino que se extiende a más de veinticinco kilómetros fuera de Israel, cortando la comunicación entre aldeas y ciudades palestinas. Por si fuera poco, este lunes, en un acto enérgico, Israel rompió relaciones con el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, después de que éste aprobase la creación de una comisión para investigar el impacto de las colonias judías en territorio palestino.

No quisiera adoptar como posición la condena contra un país a partir de la idealización del otro. Los asentamientos ilegales resultan igualmente peligrosos para ambos pueblos. La agenda política está canalizando la tensión social hacia sus propios objetivos. El uso de la religión y el sentimiento nacionalista por parte de los dos gobiernos para sustentar el conflicto – y con éste sus intereses – ha postergando una posible resolución al resentimiento histórico: ese que únicamente podrá darse cuando ambos pueblos decidan ponerse uno frente al otro, ya no obligados por la marea humana del metro, sino por el deseo de mirarse a los ojos y reencontrarse.

martes, 20 de marzo de 2012

ECLIPSE URBANO

Caminar el centro de Mérida por las noches genera que uno se sienta como visitante en su propia casa. Es el punto de encuentro en el cual, como pocas veces, parecieran converger los distintos mundos que la conforman. A pesar de lo que se aprecia más allá de sus fronteras claroscuras, el cuadro central nos ofrece la quimera de una ciudad sólida y homogénea. Lo que tan sólo unas horas antes luce como un naufragio vehicular bajo el capricho del sol vespertino, es transformado por la música, luces y el flujo de peatones al ritmo del paso nocturno. Esa es la gran seducción que ofrece: un lúcido espejismo de su gente y su vida cotidiana. La belleza de Mérida consiste en su capacidad de hablarnos, no tanto por lo que demuestra a simple vista, sino por lo que esconde.

Si, como decía Angela Carter, las ciudades tienen sexo, la mejor forma de entender Mérida es sexualizándola. Imaginemos, entonces, que Mérida fuese una mujer.

Seguramente dormiría con todos y no lo contaría a nadie. Compartiría cada noche una habitación distinta, pero sacudiría la brizna sobre su cama matrimonial. Estaría arreglada la mayor parte del tiempo. Se haría a la difícil para demostrar que está siempre dispuesta. Portaría un nombre catalán, un primer apellido libanés y otro de origen maya, aunque, para evitar vergüenzas, hubiese traducido éste último al español desde hace tiempo. Lloraría por las noches y sonreiría para las fotos de revistas. Nos convencería de lo grandioso que debe ser vivir con ella o como ella, aunque en el fondo quisiera salirse de sí misma. Si Mérida fuese una mujer, seguramente me guiñaría el ojo como a cualquiera y yo me sentiría halagado, como si no existieran otros que hubiesen transitado por sus calles.

Pero Mérida no es una mujer, mucho menos un hombre. Es una ciudad asexual que se niega a definirse a sí misma. No busca porque tiene miedo de algún día encontrarse. Es la ciudad-dogma o ciudad-tabú: lo que uno debe y no ser, aunque vaya en contradicción con lo que se es realmente. Por eso el meridano lucha para demostrar que es quien nunca ha sido y ejercita la vieja dinámica de observar lo que hace el otro. Subraya los detalles y los murmura públicamente, pero dando la espalda. Mérida puede amar a veces, pero cuando lo hace es siempre a espaldas.

Y sin embargo me sigue guiñando el ojo. Aunque sé lo que esconde y lo que no dice – lo niega, porque esa es la “buena costumbre” – le hago creer que me engaña. Convivo con ella a pesar de ella; la descubro nuevamente cada vez que me oculta algo. Y cuando lo hace, la luz sobre sus pupilas me indican el camino de regreso, deseando perderme en la marea bajo sus manos.

Resulta que Mérida es eso: la más hermosa y descarada de todas las contradicciones. Madrastra, insegura, acomplejada y beata. Me resulta imposible no odiar quererla como quererla odiar sin éxito alguno. Sólo me queda aceptar que - parafraseando a Sabina - aunque sé que no es la más bella del mundo, juro que es más guapa que ninguna.