domingo, 28 de marzo de 2010

Perros de guerra*

“Steps have been taken, a silent uproar.
Has unleashed the dogs of war,
you can't stop what has begun.
Signed, sealed, they deliver oblivion.”
(“Dogs of war” de Pink Floyd)


Altamillos, Sonora; primero de junio de dos mil siete. Elementos castrenses disparan a una camioneta Dodge en un retén ubicado en la localidad, después de que aparentemente el conductor del vehículo hiciera caso omiso a la orden de detenerse. Mueren cuatro de los civiles que se encuentran en el vehículo, de los cuales dos son menores de edad. Se trataba de una familia que se encontraba regresando de un curso educativo impartido por el Consejo Nacional para el Fomento Educativo. Posteriormente se daría a conocer que siete de los militares participes habían consumido marihuana y al menos uno de ellos cocaína y metanfetaminas.

Aldama, Chihuahua; trece de diciembre de dos mil ocho. Zaira Gabriela Arzate Contreras (veintidós años) ingresa en una camioneta al puesto de vigilancia militar de la ciudad buscando apoyo de los militares para auxiliar a su primo, quien había sido agredido por sicarios. Los elementos abren fuego contra Gabriela antes de que pueda detener el vehículo, pensando que se trata de una camioneta de sicarios. El saldo final es de dos muertos: Gabriela y su hijo, quien hubiera nacido en un par de meses.

Monterrey, Nuevo León; diecinueve de marzo de dos mil diez. Un enfrentamiento entre sicarios y militares se realiza dentro del campus del Tecnológico de Monterrey. Los primeros informes dan a conocer la muerte de dos presuntos sicarios durante la contienda. Horas después, se reconoce que en realidad se trataba de Jorge Antonio Mercado Alonso y Javier Francisco Arredondo Verdugo, estudiantes del Tecnológico, quienes se encontraban ingresando a la casa de estudios a la hora de los hechos.

Las anomalías en el desarrollo de los hechos, las contradicciones en la versión de distintas autoridades y el manejo misterioso de las pruebas dejan muchas preguntas al aire, pero no me interesa por el momento ahondar en esos aspectos. Tampoco voy a hacer juicios de valor sobre si es o no necesaria la participación militar en la lucha contra el narcotráfico o sobre si se ha logrado o no un avance desde que el Poder Ejecutivo la ordenó. Adentrarme en estas cuestiones es correr el riesgo de que el debate adquiera un tono partidista (como fácilmente sucede en México), permitiendo que sea utilizado para desprestigiar o vanagloriar a un partido determinado; pero no quiero darle ese lujo a ningún grupo político, sobre todo cuando nos encontramos en vísperas electorales.

Solamente quisiera preguntar, como me imagino cualquiera de los lectores se pregunta: ¿cuándo piensan controlar al control militar?


(*) Artículo publicado en la Revista Peninsular

lunes, 8 de marzo de 2010

Doña Isabela*

Texan de Palomeque es una pequeña población del estado de Yucatán de poco menos de tres mil habitantes. Como cualquier comisaría del municipio de Hunucmá, no figura en los mapas y la información que uno puede encontrar en Internet es escasa y, en su mayoría, gira en torno a la hermosa hacienda que ocupa el 20 % del pueblo, según mis propios cálculos. El nombre de esta comunidad ha figurado un par de veces en la prensa, ya sea como zona aledaña al territorio contemplado para el polémico proyecto de un nuevo aeropuerto (el cual terminó abortándose) o con pequeñas columnas acerca del rumor entre los vecinos que aseguraban haber visto a una mujerloba merodeando por las calles. Fue en ese pequeño y discreto universo del interior del estado donde conocí a doña Isabela.

Nunca la había visto, lo cual era extraño después de tres años de visitar el pueblo cada sábado. Solía convivir con muchas de las señoras como parte del apostolado que realizaba ahí, pero fue hasta los últimos días en que tuve el gusto de conocerla. Esa tarde, ella se había sentado en las bancas del parque con un grupo de vecinas con las que me encontraba platicando. Tan pronto como inició la misa, todas se dirigieron a la iglesia, a excepción de doña Isabela, quien comenzó a platicarme un poco de todo: sobre sus hijos, la calentura de la más chica, que no lograba hacer que coma, que el otro era muy terco y tantos otros etcéteras que ocuparon el tiempo completo de la misa.

Fue entonces cuando se me ocurrió comentarle que se me hacía raro no haberla visto antes a la hora de la tertulia en el parque, como a la mayoría de las señoras del pueblo. Me respondió, con un semblante de inconformidad en su mirada: Es que mi esposo no me deja salir de la casa desde hace seis años. Si bien era frecuente en Texan conocer casos de mujeres sometidas al yugo tiránico de sus esposos, donde la violencia física era un común denominador, me fue difícil creer el sentido literal de su respuesta. ¿Seis años encerrada en su propia casa? Dejando a los cantos de entrada y el discurso del padre a la distancia en un segundo plano, doña Isabela comenzó a relatar su historia.

Fueron seis años en los que no pudo salir más que al solar (o patio) para tender la ropa y alimentar a los animales. Sin poder hacer amistades, ni poder realizar más actividades que las del hogar, doña Isabela esperaba cada noche a un marido que casi siempre llegaba en estado de ebriedad. A veces me deja salir pero sólo al molino para comprar las tortillas (el cual se encontraba justo en frente de su casa), pero a veces, porque no le gusta que salga.

Pero lo que hizo que aquella conversación fuese inolvidable llegó con la explicación de qué hacía en el parque aquél sábado: harta de vivir enclaustrada por tantos años, comenzó a escaparse de su casa por las tardes mientras su marido se encontraba trabajando (o embriagándose) en Hunucmá. Empezó con unas visitas esporádicas al molino, que no duraban más de cinco minutos. Era entendible. Después de tanto tiempo en el encierro, salir de la casa era una tentación que implicaba romper con la autoridad máxima. Un sacrilegio, como Eva probando el fruto con el temor de ser vista por el Señor.

Después de un par de semanas de escapes furtivos, se aventuró a visitar el parque del pueblo (punto de encuentro principal de los vecinos al estar rodeado por la iglesia, la hacienda, la comisaría y casa de don Evelio, famoso por arreglar tricitaxis y bicicletas). Doña Isabel me contaba emocionada de las amistades que había hecho en tan sólo dos semanas de justa traición a las órdenes de su marido. Se le veía contenta de estar frente a aquellos columpios que no había visto por seis años; desahogándose conmigo, un completo extraño.

De tanto oír a la gente hablar sobre este lunes, me fue imposible no acordarme de aquella tarde en que escuché su historia. Para evitar decir lo que ya se ha dicho (desgraciadamente, se habla mucho en el día internacional de las mujeres; pero se queda ahí, en lo que se habló), dejaré que el lector saque sus conclusiones de esta pequeña experiencia que hoy comparto.

Tres años después, su testimonio aún me impacta con la misma fuerza. Lo último que me dijo que recuerdo de manera textual fue: estoy muy feliz ahora, porque ya tengo amigas y puedo salir a ver el parque. Siento que al fin estoy conociendo el mundo.

(*) Artículo publicado en la Revista Peninsular

Epílogo: el nombre del personaje principal de la historia ha sido cambiado por respeto a su vida privada.

jueves, 4 de febrero de 2010

Filias y fobias

A veces tengo la mala costumbre de interrumpir la lectura de algún libro que, en su momento, no llamaba suficientemente mi atención, para iniciar algún otro que sí lo haya logrado. Posteriormente, siempre vuelvo a retomarlo para no dejar inconclusa una lectura. Sucede también que, en ocasiones, pasan los meses sin saldarse aquellas asignaturas pendientes que dejé con el separador entre páginas, esperándome pacientemente en mi escritorio.

Hace unos días me di cuenta que había vuelto a sucederme con un libro que suspendí desde mediados de noviembre. Como me encontraba a punto de iniciar uno nuevo, decidí emprender el difícil, pero sano ejercicio de leer ambos libros simultáneamente, dedicándoles en un principio hora y media a cada uno. Sin preverlo, había elegido dos libros sumamente contrastantes, debido a su contenido ideológico, a pesar de abordar temáticas semejantes. Se trataba de Sables y utopías, del derechista Mario Vargas Llosa, y de Las venas abiertas de América Latina, del izquierdista Eduardo Galeano.

Para muchos lectores asiduos, mi selección podría parecerles mediocre o populachera, pero a partir del resaltante cambio de lenguaje, posición política y tono de voz en cada hora y media, pude disfrutar de una de las mayores virtudes, no sólo de la literatura, sino del arte de expresar nuestras ideas por cualquier medio: la diversidad.

Tanto el libro del periodista uruguayo como el del ensayista peruano giran en torno a un mismo actor principal, que es la mal denominada América Latina (quedo en deuda con el lector para tratar en un futuro - espero no muy lejano - los motivos de mi disyuntiva contra ese término). Si bien, la distancia cronológica hace parecer inútil cualquier tipo de comparación entre ambas obras (Las venas abiertas fue publicado en 1971, mientras que Sables y utopías es del 2009), la inmortalidad de los distintos problemas en la región convirtieron mi lectura en una especie de debate, en el cual cada expositor tenía una hora y media para convencerme de sentenciar a la izquierda o la derecha - según el caso - como la culpable de nuestra tortuosa historia política y social contemporánea.

Me parece ridículo casarse con una ideología en particular para tratar de explicar y entender la situación que se vive en el continente. Todo tipo de maniqueísmos (en especial izquierda-derecha y liberal-conservador) me parecen absurdos e incluso anacrónicos para tratar analizar un mundo tan dinámico y complejo donde el diálogo objetivo y la pluralidad de ideas deben ser la respuesta al caos social, político y económico. Resulta estéril simplificar la realidad en una simple lucha entre el bien y el mal, donde la izquierda y la derecha más radicales utilizan el discurso para adjudicarse mutuamente determinadas filias y fobias, no dejando espacio para distintas cromáticas del pensamiento.

No me atrevería a decir que soy de izquierda o de derecha. Simplemente tengo ideas, puntos de vista, que otros se encargarán de clasificar y tratarán de ubicarme en algunos de los dos bandos; pero yo no intento enlistarme en ninguna de las dos milicias. Sería entregarme a una serie de posturas -por no decir dogmas- tratando de acoplar la realidad a los argumentos de determinada ideología, cuando debería ser al revés. Será porque considero que el equilibrio es una de las principales fuerzas del universo que considero una apología del caos el tratar de polarizar al mundo con dos posiciones antagónicas, de las cuales sólo se puede creer y defender una al mismo tiempo.

Autodeterminarse de forma total e incuestionable de “izquierda” o de “derecha” representa la construcción de obstáculos mentales para el desarrollo de nuestro pensamiento, jugando con la posibilidad de volvernos objetos inamovibles para el debate, concentrados más en convencer que en aprender, impidiéndonos el enriquecedor ejercicio de la diversidad de ideas.

Tanto la izquierda como la derecha han representado avances y catástrofes en el continente. Por eso leo a Galeano y a Vargas Llosa por igual, porque ninguno tiene la razón absoluta. Uno puede ir escuchando ambas posiciones e ir construyendo su propio criterio en base a los puntos de vista más cercanos a la realidad. Lástima que en nuestros días el equilibrio a través de la diversidad de ideas sea tan difícil de alcanzar por los prejuicios. De eso ninguno de nosotros estamos limpios, pero es una tarea que podemos ejercitar día a día durante el diálogo y el debate, buscando ir abriéndonos más para no confundir las cosas: las hipótesis dimanan del planteamiento del problema y no viceversa.

Que Galeano y Vargas Llosa continúen discutiendo sobre el “logro indigenista” o el “espejismo romántico” que significa la llegada de Evo Morales al poder; yo, por mi parte, disfruto no tener que darle la razón absoluta a ninguno de los dos.

viernes, 29 de enero de 2010

Noctívago

No sé que hacer con Dios cuando lo encuentre. No sé donde guardarlo o ponerlo a dormir cuando al fin lo tenga entre mis brazos. No sé si creerle.

Puedo recostarlo en el sofá para que las visitas lo contemplen cada domingo y me digan: Carlos, Carlos; que radiante es Dios en medio de la sala. Inasequible fulgor amuebla el sitio, escurriendo penumbra y luz por la ventana. Qué inalcanzable. Te felicito, porque ahora tienes la muerte en tu entrepierna, puedes beber de su historia y amueblarla en tu recamara. Pero yo no sabré que hacer con él o con el sofá o con las visitas o conmigo. ¿Deberé cerrar la casa con llave o cambiar de vecindario? Quizá convenga mudarse a un barrio diferente, lejos de amigos y familiares. Siempre quise vivir en un pueblo distante, sin carreteras ni avenidas y sin días entre semana. Apartarme del hombre y las ciudades, hacer ejercicio y tomar menos cerveza o al menos no buscar en ella lo que no se encuentra nunca. Pero el día que encuentre a Dios y lo lleve a vivir conmigo entre los puntos suspensivos de mi planisferio, no necesitaré alimentarme con alcohol o con cenizas de aguardiente. Sería contraproducente, teniéndolo a lado mío. Podría matarme o darme la vida buscando purgarme, regando mi jardín con astros que se enredan en las barbas de Leonardo Boff.

Sería un absurdo, me dirán todos. Sin duda lo será, verme caminando con un una gabardina tratando de ocultarlo, para que nadie lo vea, para que nadie más lo necesite. Para que pueda ser libre al fin y se convierta en lo que siempre ha soñado: ser simplemente dios, como cualquiera de nosotros.

Me perturba Dios. Me asusta pensar que está en la regadera, en la calle, en los colegios, en la silla, en el árbol y en el edificio del ayuntamiento; pero aún así no poder temerle, siquiera confrontarlo. Entre los demonios que asedian la vigilia de mis sueños, él ha sido siempre el más sensato: me dio la vida para amenazarme con la muerte, con mis deudas entre versos, siempre con el día siguiente.

Sólo Dios entiende a Dios y se ríe conmigo –tal vez de mí, pero al lado mío. Ya no estoy para ejercer mi papel de sediento noctívago, ya no tengo madera de creyente. Es por eso que ambos acordamos nuestro pacto: yo lo dejaría en paz y él no me arrancaría una costilla, ni me sacudiría las pulgas. Así viviríamos tranquilos, como cómplices o simplemente caballeros.

Como si ninguno de los dos supiera que el otro existe.
(junio 2005)

miércoles, 20 de enero de 2010

Cuando pase el temblor

Cuando un hombre debe más de lo que come,
se entiende que entonces la teoría falló


- Alejandro Filio


De pronto, todo el mundo está hablando de Haití. No es de extrañarse, teniendo en cuenta que es la primera zona de desastre con la cual inicia el año. La naturaleza siempre ha sido impredecible y no hay punto en el planeta en que uno pueda estar completamente a salvo de los desastres. Pero Haití ha sido una tierra en desgracia desde el momento en que adquirió su independencia, en mil ochocientos cuatro, siendo el segundo país en el continente en alcanzarla.

Quién puede olvidar los años de la infamia que vivió bajo la dictadura de François Duvalier, uno los mayores tiranos en la historia de América, comparable únicamente con Augusto Pinochet y Jorge Videla. La inestabilidad política y social ha dado como resultado que esta pequeña nación del Caribe sea la más pobre del hemisferio occidental, sin mencionar que el noventa por ciento de su población infantil sufre enfermedades relacionadas con parásitos intestinales. Los centenares de etcéteras con los que podría convencer al lector del dramatismo en ésta antigua colonia francesa podrían estar de más ante los acontecimientos de esta semana, agregando la replica del terremoto que azotó el día de hoy a esa nación de escombros.

Es una lástima que la tragedia de la pobreza en el mundo tenga que ser desenterrada por la opinión pública junto con los restos humanos. Haití es un claro ejemplo de los efectos que genera el lastre social de la pobreza. En una ciudad primer mundista (digamos Nueva York, Londres, Toronto o Dubai) un evento como este no dejaría de ser un desastre y de igual forma hubiese cobrado vidas humanas. La diferencia radica en que el grado de destrucción en un sismo es siempre proporcional al nivel de desarrollo económico, por lo que en un país que en situaciones normales carece de un sistema de salud para asistir adecuadamente a su población, donde la vivienda digna y de construcción estable es privilegio de las minorías y cuyo gobierno no tiene los recursos económicos, humanos y administrativos para controlar la situación de emergencia (como es el caso de Haití) el resultado será el rostro de la miseria humana en su máxima expresión, provocada en gran parte por el desequilibrio económico que existe en el mundo.

Estados Unidos tuvo que sacrificar tiempo (años), dinero (millones) y vidas humanas (miles) en su “generosa” misión para reestablecer la democracia en Afganistán (2001) e Irak (2003). ¿Por qué jamás había puesto su mirada y esfuerzo en “ayudar” a reestablecer el orden constitucional en este país caribeño que lleva más de veintinueve años de inestabilidad política? Muy simple: en Haití no hay petróleo. Como todos los países en los que las empresas gringas están más que establecidas y manejan gran parte de las ganancias anuales, se necesita de un terremoto de las magnitudes vistas para que la humanidad reaccione y la declare zona de desastre.

Estoy seguro que a mediados de agosto de este año seguirán algunos organismos apoyando la reconstrucción, pero la pobreza extrema dejará de ser noticia a nivel mundial. No pretendo dar a conocer por este medio la clave mágica para el mundo perfecto, pero si creo que hace falta darnos cuenta que el sistema económico que se está manejando en el nuevo orden mundial a fracasado al igual que lo hizo el comunismo. No es nisiquiera necesario cambiar de sistema, sino reestructurar las estrategias y apostar más por las reformas sociales que por el mercado libre sin restricciones que únicamente protege a las empresas. Los gobiernos deben entender que la existencia de trasnacionales con capitales mayores a los de muchos países tercermundistas es un claro síntoma de que estamos fracasando como humanidad en la lucha contra la pobreza.

¿Acaso la crisis económica mundial no fue una alerta de que hay que hacer varios ajustes en esta maquinaria de dinero?

Hay que reconocer también, el enorme esfuerzo que están haciendo distintas organizaciones para apoyar la reconstrucción, sobre todo aquellas que desde antes del incidente ya se encontraban haciendo acciones estratégicas paras combatir la pobreza en Haití y en otras partes del mundo.

Invito a los que puedan a donar y apoyar en los medios que tengan al alcance.

Algunos medios para apoyar:

Embajada de Haití en México
Cuenta HSBC: 4042482604

Save the children
http://www.savethechildren.com/
Oficina Mérida:
Telefonos: 926-90-21

Secretaria de Relaciones Exteriores
Oficina Mérida:
Tel. 926-20-03 y 9-26-20-04

Caritas de Yucatán
Cuenta Banamex: 0166772099
Telefonos: 924 46 66, 924 41 79 y 928 74 57

Cruz Roja Nacional
Cuenta Banamex: 95032723

(Fuente de los números de cuenta: http://www.yucatan.com.mx/noticia.asp?cx=11$1310000000$4226603)

lunes, 21 de diciembre de 2009

Al-Sirr

Éramos tres musulmanes y un católico tomando el metro. Menuda combinación, diría yo. Pero en una ciudad tan pluricultural como Toronto, eso es cosa de todos los días. Esperando el largo trayecto entre estación y estación, iba compartiendo con Hussein, Labib y Muhammad las distintas impresiones que teníamos de aquella Babel canadiense, según nuestras perspectivas personales como extranjeros provenientes de Arabia Saudita y México, en mi caso. Íbamos de tema en tema, como de costumbre; hasta que, por alguna razón que aún no recuerdo, topamos el tema de la homosexualidad.

Sabía desde antes que Arabia Saudita era una de las muchas naciones en el mundo donde la homosexualidad aún es un delito; pero escuchar a Labib contarlo fue como enterarse por vez primera. Uno puede leerlo a diario, saberlo como cultura general; pero hasta que uno no encara a un saudí defendiendo y fundamentando la “justa” legislación de su país, no se vislumbra la información como una realidad.

Muhammad era el que menos hablaba inglés de ellos. Desde el día en que lo conocí en la casa de huéspedes, aprendí a comunicarme con él principalmente por señas, incluso más que de manera oral. Recuerdo haberle enseñado palabras como street, water y walk, tratando de ayudarle a construir frases completas. Quizá por esa falencia permanecía en silencio durante nuestras conversaciones más profundas. Aquél día, como otros, calló durante todo el camino; pero yo sabía que la barrera del lenguaje no era la causa de su silencio.

Al ser vecinos de habitación, convivía más con él que con Hussein o Labib, quienes hacían estancia en otra residencia. Muhammad era un espíritu bastante ansioso, todo lo que lo rodeaba parecía ser una novedad para él. Realmente lo era, puesto que era la primera vez que visitaba un país occidental. A escondidas, sin que sus amigos se enteraran, probó su primera cerveza durante su primera salida a una disco, donde por primera vez adoptó la costumbre de saludar de beso en la mejilla a mujeres que no conocía. Por cierto, tomó su primer tequila conmigo, para luego contarme que no entendía por qué era ilegal en su país: nadie de los presentes murió después de aquél shot.

Conforme fue aumentando su vocabulario, también lo hicieron sus dudas. Incluso la gastronomía comenzó a ser un conflicto ideológico para él. ¿A qué sabe la carne de cerdo?, me preguntó con una profunda curiosidad. Para mí igual fue una experiencia aquella cuestión. ¿Cómo explicarle a alguien un sabor que nunca había experimentado por motivos religiosos? Riéndome le contesté que sabía a eso: a cerdo. ¿Pero a qué carne se asemeja? ¿Sabe como la de la vaca o la del camello? Era un verdadero choque de culturas. Comencé a sentirme cada vez más mexicano y él, más árabe.

Llegué a conocer bastante bien a Muhammad, incluso más de lo que Hussein y Labib lo conocen. Él nunca me contó su secreto, pero sí lo hizo la HP Compaq que compartíamos para usar Internet durante nuestra estancia.

Desgraciadamente, Muhammad no tenía la costumbre - sana costumbre - de borrar su historial. Tampoco desconectó nunca la herramienta de autocompletar en Google y en la caja de direcciones, para evitar que el Explorer revele automáticamente a otros usuarios (o sea, yo) las páginas a las que él había entrado. Peor aún, la estampida de publicidad pornográfica que se abría en ventanas de Internet de manera involuntaria lo delataban aún más. Así fue como me enteré de la homosexualidad de Muhammad: por los vestigios de las que posiblemente fueron las primeras páginas porno a las que entró en su vida.

Comencé a fijarme en detalles o quizá éstos empezaron a resaltar más por sí mismos. Nunca dije nada (como es lógico de pensar), ni hubiese tenido nada que decirle de todos modos. Él me había confiado un secreto sin saberlo, por accidente. Yo, simplemente lo acompañé en su silencio.

Al Riad no era Toronto y eso le asustaba: no sabía qué hacer con tanta libertad que Canadá le ofrecía. Tampoco imaginaba qué haría cuando ésta se terminara.

¿Y cual es el castigo para los homosexuales en tu país? Labib sonrió antes de contestarme. Sabía el impactó que iba a tener la respuesta en mi cosmovisión de occidente: decapitación con un sable en la plaza pública de Al Riad.

De haberlo leído en algún sitio de Internet hubiese pensado que se trataba de una broma, propaganda antiislámica auspiciada por el expansionismo gringo. Pero ahí estaba yo, frente a frente con un saudí que me confesaba la realidad de su país.

Muhammad, en silencio, pretendía que no escuchaba nada, mientras perdía su mirada a través de la ventana del tren subterráneo. Guardando su secreto, trataba de imaginar lo sencillo que serían las cosas si cualquier parte en el mundo fuese como Toronto.

Epílogo: los nombres de los personajes que intervienen en la historia fueron cambiados por respeto a la dignidad personal de cada uno de ellos.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Ecos fósiles

Hablar. Poder que nos convirtió en la especie victoriosa de la evolución. Con el idioma, la comunicación alcanzó el cénit y los humanos aprendieron a acrecentar el conocimiento personal alimentándolo con el de otros. Eso fue la clave del éxito, del desarrollo.

El hombre comenzó a hablar y desde eso no se ha callado. Algunas veces, callarse sería igual un signo de evolución. Por lo menos lo haría un poco más humano.

El don del lenguaje se encuentra oculto en el denominado gen FOXP2, ubicado en el cromosoma siete de nuestro código genético. Una mutación ancestral en este gen fue la que habilitó la comunicación verbal en nuestra especie al producir el desarrollo de ciertos linajes neuronales. Desde entonces, nos volvimos únicos, quedando en completo aislamiento del resto de los animales. Nos convertimos en humanos modernos, inalcanzables para especie alguna.

Al menos, eso creíamos hasta hace unos años.

La historia la escriben los vencedores, me han dicho. Pero quizá haya que extender el alcance de esta premisa a la prehistoria. Durante siglos, los libros de antropología, biología e historia han resumido la gran batalla por la supervivencia del Neandertal, especie que vivió de forma paralela al Homo Sapiens, extinguiéndose debido a la inteligencia y tecnología superiores de este último. Éramos dos linajes completamente diferentes, dos especies que compitieron hasta la desaparición de la más fuerte y de mayor tamaño: los neandertales.

Caín sí mató a Abel después de todo.

Pero esta suerte de humanos bestias, subestimados a lo largo de la historia, ha comenzado a revelarnos una realidad distinta. Investigaciones recientes para estructurar el mapa genético de los neandertales han dado origen un nuevo descubrimiento: la misma mutación en el gen FOXP2 se encuentra en su ADN, por lo que pudieron desarrollar un lenguaje al igual que los Homos Sapiens. Con esto, la voz deja de ser un privilegio para el hombre moderno.

Cráneos de mayor volumen que los de nuestros antepasados, rituales fúnebres bien definidos, organización social estructurada y una gran adaptación para climas fríos. Los descubrimientos refutan por completo la idea tradicional de bestias incapaces de crear herramientas y en completo atraso evolutivo ante los humanos. Más aún: algunos paleontólogos se han aventurado a publicar explicaciones acerca de posibles trueques comerciales entre ambos seres.

¿Qué habrá pasado con los neandertales?

Eran la otra especie, los que por algún capricho del azar (probablemente factores climatológicos) desaparecieron, dejándonos como los únicos no-animales, como la razón primigenia de toda la creación. Así aprendimos a describir los hechos: el mundo fue únicamente para nosotros, nadie sobrevivió para escribir algo distinto.

Nosotros escribimos la prehistoria, porque fuimos la especie que sobrevivió. Ahora, el neandertal, desde sus restos fósiles, decide después de unos milenios de silencio ejercer su derecho de replica.